jueves, 19 de diciembre de 2024

4.- BALDOBINO Y LA CARTA MISTERIOSA

 4.- Esperando al anfitrión

 


          La estación de Lentejilla recordaba a uno de esos lugares fantasmas de las películas de miedo, donde el viento mueve las bolas de rastrojos secos y todo parece deshabitado y gris. Al fondo, bajo el tejadillo, junto a la papelera rota, descubrió Baldobino un banco de hierro para sentarse. «Si al menos hubiera una cafetería cerca, tomaría un zumo de tréboles».

Pasadas las seis y media, nuestro lagarto, desesperado, se dio una vueltita por el andén. Detrás de una columna, en un extremo de la puerta de salida, había una máquina de bebidas y aperitivos un tanto desconchada. ¡Bah! ya ni siquiera le apetecía tomar nada. Lo único que quería Baldobino era saber por qué se retrasaban tanto en recogerlo.

Como no había nadie a quien quejarse de la falta de puntualidad de los demás, Baldobino se puso a silbar. Silbar relaja mientras esperas; claro que, si te pasas veinte minutos silbando, es que algo no marcha bien.

“¡Hojops!” …  “¡hojops!”...  “¡hojops!”, se escuchó de pronto.

¿Quién ha tosido? —preguntó Baldobino. Nadie contestó.

Al rato, por una de las esquinas, apareció Huga, la oruga encargada de la limpieza. Llevaba puesto su traje de faena verde ´fosfi´ y un gorrito a juego que la resguardaba del frío. En su carro traía el cepillo de barrer, el recogedor, la fregona, el cubo, botes, trapos y todo lo necesario para su trabajo de limpiadora. Baldobino se mantuvo quietecito y silencioso, por eso Huga se llevó un gran susto al descubrirlo.

¡Ay!, recórcholis, ¿se puede saber qué hace usted ahí con este frío?

Baldobino se levantó del banco, saludó a la oruga y preguntó: —¿Por casualidad no habrá visto usted a alguien con cara de estar esperando a un lagarto como yo?

¿Cómo dice?... preguntó Huga extrañada.

Nada, nada. Disculpe.

Oiga, señor lagarto  dijo ella—, vaya usted con ojo que, después de las siete, ya no circula ningún tren. Es Nochebuena, ¿recuerda?

Sí, sí. No se preocupe, vendrán a recogerme enseguida. Felices Fiestas.

¡Hmm! dijo Huga, y siguió con su faena. Baldobino, entretanto, la observó hacer su trabajo hasta que esta abandonó el andén.

¡Las siete!

Nada por aquí, nada por allá.

Cuando esos sitios se llenan de viajeros, y los trenes circulan sin parar, las estaciones son muy divertidas. En cambio, así de solitarias y con ese frío, resultan de lo más triste.

¿Y si no viniera nadie a recogerme?... ¿Y si me hubieran gastado una broma?... ¿Y si todo fuera mentira y lo único que pretendían era burlarse de mí?... Tengo vecinos de los que no te puedes fiar, pensó Baldobino, y se le encresparon las cejas.

Desde luego, si, como él imaginaba, aquello había sido un juego, una burla, un engaño, algo con lo que divertirse a costa de un pobre lagarto como él, la verdad es que no tenía ninguna gracia. ¡Incluso no estaría nada bien!

¡Ay!, qué tonto he sido. Sniff, sniff… Baldobino hizo pucheros para terminar con un sonoro llanto desesperado y amargo.

Buaaaaa...     Buaaaaa...     Buaaaaddd... 

Oiga, con llorar no se arregla nada  escuchó decir.

¿Eh...? ¿Quién ha dicho eso? preguntó Baldobino intrigado.

Se levantó del banco, se limpió los ojos en la manga y miró a su alrededor sin ver a nadie: ¿Me estaré volviendo loco? ¿Tendré fiebre? Se tocó la frente.

¡Eoooooooo! Aquí... Mire arriba... Estoy aquí, arriba...

Baldobino estiró el cuello y buscó allí donde le indicaba la voz y lo único que encontró fue el tejado de chapa que protegía el andén, del que colgaba un largo flequillo de nieve.

—¡Ay! Oigo voces. Mi cabeza está congelada y me estoy muriendo, seguro que me estoy muriendo se lamentó Baldobino.

No sea tan exagerado, que yo paso todo el invierno aquí y no me quejo de nada volvió a escuchar. Baldobino. Entonces, levantó de nuevo los ojos y descubrió de dónde venía la voz que se comunicaba con él en aquella estación.


Continuará...


3.- BALDOBINO Y LA CARTA MISTERIOSA

 3.- El viaje



 

Al día siguiente, después de comer, Baldobino sacó la basura al contenedor y se dispuso a repasar la maleta que había preparado unas horas antes. Veamos: una muda interior, dos toallas, la bolsa de aseo, un jersey, un pantalón, calcetines, dos pañuelos, el jarabe de amapola para la tos, las pastillas de rúcula para la circulación, el tablero de ajedrez con las fichas y el trofeo de fútbol que ganó en el colegio cuando era pequeño. ¡Todo listo!

Agarró la maleta y, antes de cerrar la puerta, echó una miradita al interior de la casa y se alegró de que, a su vuelta, lo encontraría todo limpio y en su sitio; además, por primera vez, pasaría la Nochebuena fuera de aquellas cuatro paredes frías y solitarias.

En la estación, lo primero que hizo Baldobino fue dirigirse a la vía de acceso: en cuanto abrieran paso, allí estaría él; el pri-me-rito.

Viajar en tren es divertido, puedes observar el paisaje, soñar y dejar que el pensamiento te lleve a cualquier parte.

Una vez acomodado en su asiento, el tren se puso en marcha. Al rato, cuando la máquina se abrió paso fuera de los límites de la ciudad, Baldobino se entretuvo en comprobar cómo la nieve cubría buena parte de los campos y cómo las montañas, a lo lejos, parecían gigantes serios y aburridos. Así, con una sonrisa nueva, Baldobino se dejó acunar en los bracitos del tren hasta que se quedó dormido.

«…Chaca, chaca - ¡Pi! ¡Pi! - Chaca, chaca...».

Después de un rato, algo lo despertó:

—¿Revistas?... ¿Perfumes?... ¿Chocolatinas?...

Se trataba de una iguana con corbata que empujaba un carrito.

—¿Me puede decir cuánto falta para llegar a Lentejilla? —preguntó Baldobino al empleado.

El chico-iguana consultó su reloj y dijo: —Exactamente queda una hora, cuatro minutos y treinta segundos…, veintinueve…, veintiocho…, veintisiete…

—Vale, vale. Muchas gracias —contestó Baldobino, y se volvió a dormir.

 

A eso de las seis, se escuchó el altavoz del tren:

«Próxima estación: Lentejilla. No olviden su equipaje. Gracias por viajar con nosotros y felices fiestas».

Enseguida Baldobino tomó su maleta, se abrochó el chaquetón hasta el cuello y miró a través de los cristales de las ventanillas por si descubría a la persona misteriosa y extraña que le esperaría en el andén. Qué raro, allí no había nadie. Incluso, el único pasajero que bajó en aquel lugar tan desamparado y solitario fue él. «¿Esto es Lentejilla?..., pues vaya sitio feo», pensó Baldobino, mientras colocaba su maleta en el suelo.

Tras unos minutos, el tren retomó la marcha.

«¡Pí, pí! ¡Chaca, chaca! ¡Pi, pí! ¡Chaca, chaca!¡Pi, pí! ¡Chaca, chaca! ….».

Y Baldobino observó cómo aquella máquina, compuesta de vagones, arrastrados por una locomotora y que circulaba sobre raíles, se alejaba hasta convertirse en un punto diminuto y oscuro que desapareció en el horizonte.


Continuará...


2.- BALDOBINO Y LA CARTA MISTERIOSA

 2.- La carta




¡Toc! ¡Toc!...  ¡Toc! ¡Toc… 

—¡Abra, Baldobino!. ¡Carta para usted!  Era Lina, la golondrina, que ya debería haber emigrado a un lugar más cálido; pero que tuvo que trabajar horas extras para el departamento de Correos debido a la gran cantidad de material que se acumulaba en las fiestas.

Afuera nevaba sin parar y los empleados del ayuntamiento despejaban el hielo de la calzada con unas máquinas enormes. Otros operarios, con escobas y palas, se ocupaban de las aceras. Por desgracia, la operación limpieza se llevó por delante el muñeco de nieve que habían fabricado los peques el día anterior.

¡Toc! ¡Toc!  ¡Toc! ¡Toc!  ¡Toc! ¡Toc!

¡Baldobino! Si no abre la puerta inmediatamente me moriré de frío y me tendrá que recoger con una pala —gritaba Lina tiritando de frío. Baldobino emitió un gruñido y soltó en el lavabo el cepillo de dientes con tanto genio que casi lo parte por la mitad.

─¡Uy, uy, uy, qué dolor! ─se lamentó el palo de plástico con mango y pelitos en un extremo.

La puerta se abrió y allí estaba Lina con sus ojillos de ciruela y su bufandita gris:

—Tenga, Baldobino, firme aquí…; aquí…, y aquí.  Rápido, que me estoy helando.

—Debe de ser un error —advirtió Baldobino—. Yo no conozco a nadie que me quiera enviar una carta.

—Oiga, cabezota, no me haga perder más tiempo. Mire, aquí lo dice bien claro:

D. Baldobino Regulón Babilla.

C/ Hierbamora, 3.

1212 El Gazpachillo.

—Sí, sí, soy yo, y es mi dirección. Vale, vale, traiga, que le firmo.

Lina le entregó la carta a Baldobino, amarró bien la bolsa, se colocó el bolígrafo en el pico y se despidió: —Hasta Mron-to, Mal-mo-mino. ¡Memices Miestas!

Nuestro lagarto entró en casa sin dejar de mirar aquel trozo de papel plegado que traía sus datos y que, sin embargo, nada decía del remitente. Qué raro...

Ya en la cocina, Baldobino buscó sus gafas de alambre, arrastró una silla y se sentó junto a la ventana. Miró la carta por un lado…, por otro…, y pensó: «¿Será para pedirme dinero...?, los hay que no quieren trabajar. Quita, quita, yo no abro la carta por si acaso». Y lanzó el sobre a la otra punta de la mesa. «¿Y si fuera una de esas rifas en las que te informan de que has ganado una moto y luego lo que pretenden es venderte una aspiradora? No, no. No te puedes fiar de nadie...». Se levantó pensativo y se puso a dar vueltas por la cocina. Una vuelta, dos, tres, cuatro… Se detuvo en seco, respiró profundo y dijo:

—Venga, salgamos ya de  dudas. —Y agarró la carta con decisión.

¡Ras!” “¡Ras! Rasgó el sobre y dentro encontró algo que no esperaba. Allí se veía un billete de tren junto a una cuartilla escrita que decía:

«Baldobino, si le apetece pasar la noche de Nochebuena en mi casa, le espero mañana en la estación de Lentejilla, mi pueblo, a las seis en punto de la tarde».

Ya está. Eso es lo que decía la nota. Sin nombre, sin pistas, sin nada de nada. Un billete de tren y una nota, ¿era todo? Sí, era todo.

—¿Ehh? —protestó Baldobino—. ¿Quién me mandará esto? ¿Y dónde carajos está Lentejilla? —se preguntó extrañado.

Por curiosidad —y porque tenía un mapa que le regalaron con un periódico—, Baldobino abrió el cajón del mueble, lo sacó y lo extendió sobre la mesa. Miró en la lista ordenada de todos los lugares que allí aparecían y buscó: Lentejilla… Lentejilla… Lente… ¡Aquí está! ¡Lentejilla! Y comprobó que su pueblo y ese otro de Lentejilla quedaban a unos doscientos kilómetros de distancia, lo que significaba que el viaje, si se decidía a emprenderlo, se le haría muy corto. «¿Por qué no…?», se dijo. Si alguien había sido tan amable como para invitarlo a su casa en Nochebuena, ¿qué más daba quién fuera?, había que ir.

Enseguida se colocó su chaquetón de borrego sintético, su gorro antinieve, sus botas y sus guantes. Abrió la puerta de casa y se fue de compras.

En los almacenes «Dinosaurus-Modas», encontró Baldobino algo para regalar al anfitrión o la anfitriona. Se trataba de una bufanda de rayitas rojas, blancas y azules que le gustó mucho. Le pidió al empleado que se la envolviera en papel de campanas y volvió a casa tan contento:

«Navidad, ♫♫♪ navidad, ♫♪ dulce navidad…».

Baldobino ya no gruñía por el frío ni le importaba que los pequeños lanzaran bolas de nieve a su ventana; tampoco le afectó que la tabla del techo de la cocina se hubiera desplomado sobre la mesa. Ahora, lo primordial era ocuparse del viaje y preparar la maleta.

 

Por la tarde, y cuando ya lo tenía todo listo, Baldobino decidió acercarse al bar de «Pepeconcha» y compartir la noticia con los vecinos y las vecinas que tomaban allí su aperitivo y que se alegraron mucho al verlo.

—¿Y dices que no sabes quién te ha enviado esa carta? —preguntó Rogelio, un camaleón de flequillo blanco y bigote.

—Pues no, no lo sé. Igual es una persona rica, que vive en una mansión con criados y todo, pero que se siente sola y quiere estar acompañado. Vete tú a saber...

—Oye, Baldobino, hay que tener cuidado con esas cosas; yo no me fiaría mucho —advirtió Clodina, una rinoceronta madurita y sensata, que en ese momento degustaba un pincho de césped.

—Baah, no hay nada que temer. Ya soy mayorcito je, je —contestó nuestro lagarto quitándole importancia al asunto.

Al terminar la velada, y como Baldobino había pasado un ratito muy agradable, le dijo al camarero que él pagaba la cuenta de todo. Y se fue derechito a casa pensando que compartir las pequeñas alegrías con los demás es como inflar un globo que se vuelve cada vez más entrañable y divertido.

Continuará...




martes, 17 de diciembre de 2024

1.- BALDOBINO Y LA CARTA MISTERIOSA

 1.- ¿Quién anda ahí?


 

El lagarto Baldobino odiaba las navidades. Odiaba quedarse en casa, tener que reparar la caldera y aguantar que las pequeñas salamandras, tortugas, dragonas y demás crías del barrio lanzaran pelotas de nieve a su ventana.

—¡Eh!, Baldobino, sal a jugar con nosotros. —¡Plof! ¡Plof!, y las bolas de hielo se estamparon contra los cristales.

Baldobino, entonces, se colocó su batín de lana gorda, abrió la puerta de casa y gruñó: —¡Os voy a meter en una olla de agua hirviendo! —Claro que no pensaba hacerlo, solo lo decía por asustar.

—¡Aaa-chisss! ¡Achisss! ¡Achisss! —estornudó Baldobino.

Nuestro lagarto gruñón rondaba los 20 años, que en el mundo de los lagartos es como ser muy viejo. Tenía los ojos saltones y una mandíbula a la que apenas le quedaban dientes. Su piel, reluciente y cubierta de sólidas escamas en otro tiempo, ahora se veía reseca y deslucida. Además, Baldobino era terco, cabezón, testarudo y todas esas palabras con las que podemos calificar a alguien que no piensa nada más que en conseguir todo aquello que se le mete en la cabeza, como vivir en una casa donde las tuberías se atrancan y donde las humedades se instalaban por los rincones.

Así, de un lado a otro, aburrido y sin nada en lo que emplear el tiempo, Baldobino pasó la tarde. Llegó la noche y se apagaron las luces del barrio.

¡Zzzz! ¡ZZZzzz! ¡zz! ¡Zzzz! ¡ZZZz!

De pronto escuchó un ruido extraño:

“Grss, grss, grrrrs”.

¿Quién anda ahí? —preguntó Baldobino con voz de ogro.

Agarró un palo, lo levantó en el aire y se dirigió a la cocina.

¿Será un ladrón?... No, no, las ventanas están cerradas y la puerta con llave.

Plin, plon, plin, plon… Avanzó nuestro viejo lagarto por el pasillo.

¿Será un fantasma? ¡Ufff!, no tengo nada con lo que deshacerme de los fantasmas… ¿Será una araña?... ¿Un ratón?... ¿Tal vez un elefante?... ¿Un escarabajo? ¿Un león?...   ¡Ay! ¡Mamitaaaaaaa! Cerró los ojos y ¡plaf!” prendió la luz de la cocina de golpe. El corazón le latía con fuerza y las garras se le encogieron del susto.

Vaya, solo era una tabla  que se desprendía del techo de la cocina.

¡Muaaaaaaaa! Todo me sale mal. ¡Que alguien me ayude!, por favor… ¡Muaaa! se quejaba Baldobino.

Y lloró.

Y lloró.

Y lloró tanto, que terminó por quedarse dormido mientras las lágrimas se colaban por un agujerito que encontraron debajo de la cama.

¡Plof!

¡Plof!

¡Plof!

 

Al día siguiente, algo inesperado y extraño embarcaría a Baldobino en una sorprendente aventura.

Continuará...


domingo, 29 de septiembre de 2024

Un mensaje de amor



         A mi los días me gustan todos. Unos porque son grises, otros neutros y la mayoría, multicolor. A ver qué nombre le doy a este donde el sol se cuela entre las macetas de la terraza y el mar, con sus pinceladas de azules. 

         Pensaba en lo fácil que resulta mantener el cuerpo y la mente en calma. Conecto musiquita relajante, pongo incienso y cambio mis pensamientos de duda, incertidumbre, desconfianza y temor por otros, menos "tóxicos" y con más brillo. Por ejemplo, ¡qué suerte tengo de estar sana, ágil, mentalmente despierta; de tener una familia sana, ágil y mentalmente despierta; de contar con amigos de verdad; de tener a mis hijos cuando los necesito; de saber que llevan sus vidas con entereza, positivismo y buen humor; de poder disfrutar de "las peques" cuando quiero; de tener trabajo estable y de todo lo que contribuye a una existencia plena. Y yo pregunto ¿esto es suerte o logro?

     La mayoría de la gente dirá que es suerte (te toca o no te coca), pero yo, de alguna manera, también he contribuido a que ocurra: el diálogo con los hijos, el respeto (tanto a su espacio como a sus decisiones), el buscarme un puesto de trabajo estudiando mucho, el conformar mi vida alrededor de lo que me hace sentir bien (a veces tomando decisiones duras e importantes) y el tenerme muy en cuenta. Llamo "tenerme en  cuenta" a saber lo que quiero en la vida; y sobre todo, lo que no quiero. 

     Hay pocas cosas que yo rechace, mejor dicho, el rechazo no lo tengo en mi diccionario. Claro que, si algo me produce dolor, me frena o no fluye habrá que ponerle remedio, pero eso no significa que lo aparte de mi lado, porque todo, absolutamente todo lo que ocurre en mi vida contribuye a mi aprendizaje y por ello lo bendigo. 

        Hoy me tomo el día libre de pensamiento, obra y omisión. Me tumbo en el sofá y dejo que se cuele el sol entre las macetas de la terraza, mientras escucho una canción y dibujo una mueca placentera en los labios. 

       Al rato: "la Mercedes" vuelve a su rutina, pero yo me quedo, y te dejo un mensaje de Amor: "Vive el momento, acepta tu presente y enamórate de la felicidad que llevas dentro".

     Felicidad
     Es un viaje lejano, mano con mano,
     la felicidad.
     Tu mirada inocente entre la gente.
     La felicidad.
     El saber que mis sueños ya tienen dueño.
     La felicidad.

     ...
     





 

domingo, 4 de agosto de 2024

¡SUELTA!



                Llevo unos días alucinada con esto de “soltar”. Y es que, si lo pones en práctica, ves que funciona.

         Le llamo “soltar” a pensar en eso que te perturba, eso que arrastras desde hace tiempo, eso que no te deja dormir, lo que no sabes cómo solucionar…, y dejarlo en manos de (el destino, el universo, Dios, la energía, el cosmos, un familiar desencarnado…, llámalo como quieras). Lo importante no es a quién se lo entregas, sino que «lo sueltes», pero que lo sueltes de verdad, que no pelees más con ello.

¿Temas de dinero? = al carajo. Mi vida y mi tranquilidad tienen más valor que eso.

¿Temas de “no me hablo con mi prima”? = Suelto. Si se tiene que solucionar, se solucionará, paciencia y confianza; que sea cuando tenga que ser, o que no sea si no tiene que ser.

¿Tema “el trabajo me agobia”? = ¿Por qué? Igual estás en el sitio equivocado y no lo quieres ver. Suelta. Conozco a una chica que me contó algo de su trabajo. Me dijo que había pedido un traslado a otro departamento porque su jefe y un compañero le hacían la vida imposible. Al final, y mientras se solucionaba el problema, optó por soltar. Esto era que, si el jefe le denegaba un día libre que pedía, ella decía, vale. Y si, en cambio, se lo concedía a su compañero, ella decía, vale. Pero no es que estuviera en resignación, lo que estaba es tratando de que nada de fuera le afectara, mientras llegaba su traslado. Y llegó. Llegó porque ella no estuvo en resistencia. Confió y no dejó que nada le perturbara mientras se producía el cambio. Eso es “soltar”. No es lo que ocurre fuera, es lo que yo hago con eso que ocurre fuera: ¿Lo padezco? ¿Me duele? ¿Me quita el sueño? = ¡SUELTA!

   Soltar, también es dejar que en cada momento ocurra lo que tiene que ocurrir, aunque no concuerde con lo que yo quiero que ocurra. La vida no está diseñada teniendo en cuenta mis gustos (ni los de nadie). Aceptar que la gente se equivoque, que sea impertinente, que me defraude, que no se comporte como yo creo que debería comportarse, porque si “suelto” y me dedico a comprarte un helado de limón con sabor a fresa, igual hasta me sorprende lo ligera que se me vuelve la vida y lo poco que engorda ese helado.

     Bueno, que me enrollo como las alfombras en verano. Que pongas un letrero en la nevera que diga: “Suelta” y ve dejando sitio para que llegue lo bueno; que llegará (si sueltas).


Merce Sahonik

 

viernes, 31 de mayo de 2024

LA ISLA DESIERTA

 


He buscado información acerca de vivir solos en una isla y, al parecer, la única preocupación es la forma de sobrevivir, pero de la estabilidad emocional no dice nada. Imagino que mi crecimiento personal sería otro, porque, al no tener referentes de personas con las que medirme o interactuar, resulta difícil saber cómo me manejaría en ese sentido. Y digo yo, ¿para qué quiero saber cómo me manejaría con las personas si estaría yo sola?

Yo creo que en la isla desierta el sufrimiento emocional sería cero, porque si analizara lo que me hace sufrir, todo tiene que ver con el entorno social: que si la presidenta del bloque no tramitó mi queja sobre la limpieza; que si mi compañero de trabajo me ha dado una mala contestación; que si no me admitieron en ese curso; que si mañana tengo que recoger los análisis de mi madre y no sé qué me dirán; que si mi jefe no me quiere dar los días de vacaciones que necesito; que si me crucé a fulanita por la calle y no me saludó; que si me han invitado a una boda a la que no quiero ir; que si mi pareja no me quiere; que si pitos; que si flautas. ¿Entonces? ¿Me tengo que ir a una isla desierta para comprender que dejo que todo lo de fuera me altere, que vivo para los demás y que por eso sufro?

Pues oye, me voy a fabricar una isla desierta en medio de «la jungla» humana, a ver si me queda claro que nada me puede afectar sin mi permiso.

Merce Sahonik.

lunes, 11 de diciembre de 2023

NINGÚN SITIO AL QUE LLEGAR



Hoy, con lo rápido que va todo y la comunicación por watsapp, pienso que convendría utilizar las frases positivas y eliminar las palabras que no deberían sonar y confundirnos. Por ejemplo: Si digo: “No llegaré tarde”, la persona, si lee el mensaje rápido, igual lo que se le queda es “tarde”. Mientras que si digo: “Llegaré temprano” la cosa cambia.

Otros ejemplos:

“No me grites” (“Háblame despacio”; elimino “grites”).

 “No dejen la basura fuera del contenedor” (“Dejen la basura dentro del contenedor”; elimino “fuera”).

Y, como rectificar es de sabios (no me beso porque no me alcanzo// me besaré cuando me alcance) ahora digo que algunas frases negativas funcionan mejor que las positivas.

 ¿Cómo es eso?

Muy sencillo. Dicen que el futuro no existe, que el pasado tampoco existe, que hay que mantenerse en el presente a toda costa. Sí, guay, perfecto, te lo compro, pero ¿cómo se hace eso? Porque no olvidemos que la mente tiene sus propias estrategias para “enredarte” y traerte preocupaciones, miedos, inseguridades y todo tipo de contrariedades que no están ocurriendo, pero que ella te dice que podrían ocurrir…

De repente me dije: Necesito algo que me mantenga en el «aquí y ahora», y no me vale una pulserita roja, un tatuaje, ni siquiera lo que dice la PNL con respecto a los «anclajes»; creo que Rafa Nadal es un ejemplo de utilizar «anclajes» a la hora del saque. Lo que yo necesito es una especie de «mantra» positivo que repetir y repetir cada vez que sienta que me salgo del presente, que me desconecto. Pero, claro, mi saque es muy distinto al de Nadal, porque el partido lo juego yo conmigo misma y contramigo misma (vaya ´palabro´ que me acabo de inventar).

En fin, que no sé si os servirá, pero yo, de momento, y mientras nadie me confirme lo contrario, el "anclaje" que mejor me va para conseguir estar en el presente y evitar que la mente me enrede, es repetir esta negación tan positiva: «No hay ningún sitio al que llegar».

 

miércoles, 6 de diciembre de 2023

EL PERSONAJE QUE SOY


 

Estoy con mi personaje. Lo voy a poner en su sitio. 

Poner en su sitio al personaje es decirle al «ego» que voy a dejar de alimentarlo. Alimentar al ego es identificarme con el personaje. Y el personaje es ese que yo creo que soy sin serlo (si hubiera nacido en Pekín, no me llamaría como me llamo, no viviría donde vivo, no tendría las creencias que tengo, ni la familia que tengo…).  Voy a leer de nuevo lo de no identificarme con mi personaje, a ver si me queda claro de una vez.

Sí, me queda claro: mi personaje no me deja ser yo. Y no me deja ser yo, porque todo el rato me está machacando con lo que tengo que hacer para encajar en sociedad, para que los amigos me acepten, para que los demás me respeten, para complacer a la familia, caer bien y, sobre todo, para representar los papeles asignados  (papel de hija, esposa, madre, amiga, abuela…).

Encima, cuando me monto una película (por ejemplo que mi jefe me ignora) ya se encarga el ego de que todo se confabule para que aparezcan señales que lo confirmen y se proyecte fuera toda la película que me he montado dentro. El ego se siga alimentando de mi victimismo, de mis miedos, inseguridades, del “pobre de mí” de “mira el prepotente del otro”. Incluso me hará ver fantasmas donde no los hay. ¿Para qué?: “Chichita ´pal´ niño” (ahora lo comprendo).

¡Pues ya está!

A ver, personajillo, deja de hacer de madre con los hijos, que ya tienen su edad; deja que los demás se equivoquen con sus decisiones, tú no lo has hecho mejor con las tuyas; olvídate del pasado (que ya no existe); desenfócate del futuro (que tampoco existe) y céntrate en lo que tienes delante, lo que ha llegado a tu vida, lo que te aporta, el paraqué está ahí. ¡Disfruta!

Pero, claro, si yo hago todo esto, me voy a sentir bien. Y si yo me siento bien, ¿qué pasa? Que mi personaje deja de alimentarse. Y ese personaje va a luchar con uñas y dientes para no perder ni un cacho de su poder. ¿Cómo lo hará? Pues lo hará perfecto, me conoce mejor que yo; lleva toda la vida conmigo y yo metida en el papel, me lo sé de memoria.

Un ejemplo, esta mañana tenía una duda. Quería saber si una persona había hablado mal de mí con otra. Y mi personaje se relamió de gusto (porque si no tengo dudas ni miedos o inseguridades, él no tiene “chicha”). Así que enseguida se colocó en mi cabeza y me dijo: «Tú llámala con una excusa, hazte la simpática, pregúntale cómo le va todo, tráela a tu terreno y cuando la tengas a tiro, pregúntale eso que necesitas saber, ya verás cómo se confirman tus sospechas».

Cogí el teléfono y me puse a marcar. De pronto me dije:  ¡¡¡¿Pero qué haces?!!! ¿Piensas seguir alimentando al ego? ¿Vas a permitir que tu personaje continúe metiéndote y enredándote en el juego del sufrimiento, la duda, la inseguridad, el miedo…? ¿A ti qué te importa lo que se esté diciendo por ahí? Es más, si aquello sirve para entretener, pues ¡hala!, te lo regalo. “Antes muerta que sencilla”.

Y lo peor es que, si pienso algo negativo, aparecerán fuera todas las pruebas que necesito para confirmar lo que llevo dentro: «¿Lo ves? Te lo dije. Ahí lo tienes. Lo sabía »… ¿Pero qué sabía? Si lo he atraído yo dándole pistas al personaje para que siga alimentando la película que me he montado.

Vale, no me voy a deshacer de mi personaje, porque resulta imposible, pero dejaré de identificarme con él. Ahora, las decisiones, las tomo yo.

«¡¿Entendido?!». «¡Señor, sí señor!».

(¿Quién dijo que había que hacer la mili para manejar el juego?).

 

domingo, 3 de diciembre de 2023

EL OCTAVO PASAJERO


    

No sé qué ha pasado...

Estaba escribiendo algo interesante para publicar y se me borró todo.

(^..^)(^..^)(^..^) (esta soy yo pensando…).

─A ver, guapina, que ya pasó el tiempo de la parafernalia y los adornos metafóricos. ¡Al grano! ¡Vete al grano!

Eeeeh!!! ¿Quién ha dicho eso?    

(( ≤ ≤ )) yo vigilante.

 Últimamente siento como si alguien me hablara; es un alguien que habita dentro de mí. Pero, oye, tiene que ser sabio, porque no te adorna nada. Estas dudando y te hace ¡zas! ¡¡¿Lo ves ahora?!! Y tú dices: ¡Jope! como para no verlo, si me lo has estampado en la cara… Pondré un ejemplo:

Me apetecía  dar una vuelta por el parque, pero no me quería encontrar con Begoña, que a estas horas es cuando saca al perro. Mejor tomo el autobús en el centro y me paseo hasta la playa, me dije. No te lo pierdas…,¿con quién me topo guardando asiento y enseñando la dentadura de perlas, mientras coloco la tarjeta en el contador de pasajeros? ¡¡¡Oño!!! ¡Qué hace la Bego ahí? Me entraron ganas de bajarme, pero la vocecilla interior dijo: «Da lo mismo donde te metas, lo que tienes que resolver en ti, si no lo aprendes con la Bego, te lo mostraré con el vecino de abajo (o con la cajera de Mercadona, esa que dices que te saca de tus casillas; cuando de tus casillas solo te sales tú)». Así es el Universo, y es verdad que lo hace, el muy “cabrito”. Búscate otro trabajo porque no aguantas a tu jefe, o cámbiate de piso porque no te gustan los vecinos de arriba y verás como encuentras otro jefe y otros vecinos que te muestran lo mismito que dejaste atrás. ¿Por qué? Porque el conflicto no está fuera, sino dentro de ti.

¡Uy! Qué curioso, escribiendo esto, acabo de comprender una película que vi cuando era jovencita: «Alien, el octavo pasajero» ¿La recuerdan? No había manera de cargarse al bicho asqueroso de los tentáculos gigantes. Aparecía en el rincón más inesperado de la nave. Los tripulantes, que pensaban que había que huir de él, en lugar de enfrentarse a él (y a lo que representaba para que ellos aprendieran), lo que idean es cambiarse de nave. Y ahí va mi Sigourney Weaver, después de ver cómo la bestia se ha cargado a todos sus compañeros, y lo consigue solita. Consigue abandonar la nave infectada y cambiarse a una nueva mientras observa, a través de una escotilla, cómo explota en el espacio  la “nave del horror”

 «¡Ufff! Qué alivio», debió pensar. Y al intentar poner en marcha la nueva, descubre algo oscuro, viscoso, con tentáculos, enredado y agazapado entre los botones del cuadro de mando. ¿Qué era?... Pues claro, si el monstruo te estaba mostrando algo de ti que no veías y sigues sin verlo, ¿qué hace el Universo? O te manda para casa suspenso, o te da un sutil y electrizante ¡zasca! A la vez que salta la vocecilla interior: «Donde te escondas, allí te llevaré aquello que necesitas aprender en ti, hasta que lo veas, lo trasmutes y apruebes la asignatura pendiente; recuerda que estoy en todas partes». Je, je,  ( 😕 yo con carita de “me hago caca”).

¿Sabes qué? Me voy a llevar a la Bego a tomar un refresco, a ver si descubro a quién me representa esta mujer para que me caiga tan mal y qué tengo que aprender y resolver en mí con respecto al personaje que me muestra.

Por cierto, cuando volví a mi casa, después de ver la película, abrí la nevera para tomar agua y di un grito. ¡¡¡AaaaGgggg!! ¿Sabéis lo que había comprado mi madre para cenar? Empieza por «Cala» y termina por «mar» y los tentáculos salían del plato hasta la balda de abajo (por si todavía hay quien no cree en estas cosas…).

lunes, 30 de octubre de 2023

EL MISTERIO DE LAS COINCIDENCIAS


 

 Decía el psiquiatra y padre de la psicología moderna, Carl Jung que la «sincronicidad» era uno de los aspectos más enigmáticos y sorprendentes de nuestro universo. Doy fe. Tendría para escribir un libro con todas las “casualidades” (entre comillas, porque no lo son) que me han ocurrido. Las tengo anotadas y alguna vez las he compartido con alguien.

Ya sé que tengo mucha imaginación, de pequeña me llamaban: “Antoñita la Fantástica” (también encontré ese libro), pero es que, ciertas cosas de estas que me pasaron, no se me habrían ocurrido por muy fantástica que yo sea imaginando. Te lo digo en serio.

El caso es que, buscando algún video de los que me gustan sobre el despertar de conciencia en youtube, me aparece un tal Eduardo Zancolli hablando de las coincidencias. Me paro a escucharlo y me parece que a ese médico le ocurre lo que a mí, que cada dos por tres aparecen estas casualidades o coincidencias extrañas en su vida. ¡Qué interesante!, me digo. Y en un momento, va y habla de su libro: “El misterio de las coincidencias”, corro a buscar papel y lápiz; lo anoto.

Escucha bien lo que te voy a contar ahora, que no tiene desperdicio:

El tipo y su libro me interesan. Me pongo al habla con mi librera favorita, a la que consulto cuando quiero algún ejemplar en papel, y me dice que no lo tiene; es más, el libro está descatalogado, me advierte. No me doy por vencida y me pongo a buscar en más librerías. Nada. No me queda otra que buscarlo en PDF, que sí lo había. En fin, que voy a lo que voy, que ese libro me interesa mogollón, que lo quiero, que lo quiero en papel, que no lo hay, pero tiene que haberlo porque yo lo quiero, que lo quiero y si algo lo deseas de corazón (y tiene que ser para ti), es que va a aparecer, seguro; esto lo comprobé con un frasquito de colonia del Lidl. Anoté el nombre y cuando llegue a la tienda, todos los frasquitos de colonia alineados en su estante y, entre medias, el hueco vacío con el nombre del que yo quería. Me concentré, confié y metí la mano por el hueco hasta el final, la desvié hacia la izquierda y tomé el último frasco de la colonia que se ofrecía allí y que no era la que yo quería, pero lo hice. Como digo, metí la mano hasta el final, agarré el último frasco y dije: esta tiene que ser la que busco. La extraje y, «voy lá». Allí estaba la colonia, la mía, la que yo quería. ¿Quién la puso allí, al final de una hilera de colonias con otros nombres? ¿Cómo supe yo que estaba allí, al final de una hilera de colonias con otros nombres? Ni idea. Pero lo sentí y confié en mi intuición. También confié en el Universo, yo quería esa colonia y allí estaba.

Bueno, que me enrollo como las alfombras en verano.

Que yo quería el libro del doctor Zancolli en papel y el libro en papel vino a mí (a pesar de que estaba descatalogado). ¿Cómo? Mis hijos se encargaron de buscarlo. De segunda mano, pero nuevo, nuevecito. Me llegó a casa en un paquete sorpresa. ¡Ay! Qué bueno. Y ahora viene lo mejor. ¿Casualidad?... (Me encojo de hombros como hace la mayoría, aunque yo sé que no es casualidad).

Y aquí está la prueba: Te la dejo en la imagen y me anoto el hecho para incluirlo en el libro que quiero escribir con los secretos de la casualidad… jeje.

Gracias, señor Zancolli, por esta dedicatoria “casual”.

jueves, 10 de agosto de 2023

SÍ..., PERO LUEGO


Me quedó claro: hay que sacar la basura mental.

Al principio ni entendía lo que significaba eso, luego de ver la película “El guerrero pacífico” en yoube, se aclaró.

Es cierto que solo cuenta el momento presente y que necesito “zarandear” la mente cada vez que se distraiga (en cuestiones pasadas o futuras). Como le dice “Sócrates” al joven protagonista de la peli: “Siempre está ocurriendo algo nuevo”.

Por ejemplo, ahora mismo, a través del cristal de mi ventana, mientras escribo, un autobús se ha parado en la rotonda. Se puede decir que la escena no tiene nada de particular, pero sí la tiene, porque está ocurriendo ahora mismo.  Da igual que el autobús sea el que pasa todos los días por esa rotonda a la misma hora, hoy no es todos los días, es HOY y es AHORA. Seguro que no lleva dentro la misma gente, igual tampoco el mismo conductor. Incluso, aunque todo eso se repitiera, ese autobús AHORA MISMO está pasando por la rotonda que tengo frente a mi ventana, lo puedo ver, puedo comprobar que el mundo sigue existiendo, que las cosas se mueven, que respiro, que mis ojos captan las imágenes que miro, que es jueves, agosto, que todo fluye y avanza.

Si no hubiera sacado la basura (mental) estaría mirando por la ventana y vería el autobús ahí parado, la gente de un lado a otro, respiraría, los sonidos, el cielo, los coches…, pero todo eso ocurriría en otro mundo, porque yo estaría pensando que tengo que responder al correo de la comunidad, que olvidé preguntar por las fundas de los cojines, que todavía no hice la cama, que llega el fin de semana y tengo la nevera a medias…  y todo esto me impide disfrutar del momento presente, de lo que verdaderamente importa, de lo que “dispongo” porque ni el ayer ni el mañana están disponibles.

Ojo, que la basura mental también es: ¡Ni la saludo, a ver si deja de hablar de mi! ¡Y este qué se ha creído que soy tonta! ¡Mañana voy y le monto un pollo al de la tienda! ¡Que no, que no, que esta ya no me la juega más...!

En fin, no sé si me expliqué bien, pero da lo mismo, porque me voy a quedar un ratito más aquí, en mi escritorio, junto a la ventana, disfrutando
todo eso que está ocurriendo AHORA MISMO (los gerundios lo puse adrede).


 

miércoles, 26 de abril de 2023

... O INTÉNTENLO


 

Yo creo que voy bien: siento paz, vivo en la aceptación, fuera pensamientos negativos, nada de actualizar el pasado ni enredarme con gente o situaciones densas; quita, quita…. ¡Funciona!

Claro que, metida en casa, rodeada de mis cositas y en mi zona de confort, sin que venga nadie a meterme el dedo en el ojo y sin “bregar” con la “matrix”, lo de sentir paz resulta fácil.

             Vale, venga, me voy a Mercadona (a practicar la paciencia); al bus (a practicar la tolerancia); a dar un paseíto por ahí, a contemplar las pintadas sucias de  las paredes (niñatos de mierda); los patinetes sin control por todas partes (vaya tela); las mesas de los bares que no te dejan paso (vamos, x Dios!!!);  las  cacas de perro sembrando las aceras (¡más multas!); las conversaciones banales (ganas de gastar saliva); los azúcares a rebozar en los escaparates  de las confiterías (¡ñan! ¡ñan!) y la gente fumando (¡oiga! no se meta más metales pesados en el cuerpo, que le taponan las arterias; ah, ¡¡¡y las colillas al bolsillo!!!).

Y ahora viene lo mejor: Aquí mis nuevas gafas de mirar el mundo:

─Nada, nada, señora, tranquila, que si se le olvidó la lechuga, yo espero en la cola a que usted la traiga, sin problema (total, si van a ser dos minutos). ¿Y ese mogollón de monedas? ¿Es que rompió la hucha y quiere pagar la compra con céntimos? Pues nada, deme un puñadito, que le ayudo yo con los montones, faltaría plus... 

─Sí, señor, este autobús va para el pueblo, puede usted sacar el dinero o la tarjeta cuando suba, para qué lo va a preparar antes, total, si van a ser dos minutos ahí, al sol, esperando en el escalón de abajo del autobús; sin problema.

─¿Pintadas sucias en las paredes? ¿Qué pintadas? Yo ya no estoy en eso. Yo me centro en imágenes bonitas como las nubes del cielo, el contorno de las montañas, el sol colándose entre las ramas de los árboles, las florecillas creciendo en el asfalto…

Un momento…, me voy a comprar una torrija, que me chiflan, pero SOLO UNA  y para disfrutarla, no castigándome después pensando que es malo, que engorda… (para eso lo dejo ahí, con sus amigas las confiteras).

Bueno, ya me trabajé mucho por hoy, dejo el resto para mañana…

Y como dice un tipo de youtube: “Hasta pronto, sean felices o por lo menos inténtenlo” (esto me lo digo yo a mí misma, que ahí fuera parece que no hay nadie).

viernes, 21 de abril de 2023

NI BUENO NI MALO


Estuve buscando un escrito antiguo para volverlo a publicar. Mientras lo hacía, escuché una voz en mi interior: (voz)-“Solo cuenta el ahora, todo lo anterior interrumpirá tu expansión porque está obsoleto”. ¡Uy! – me dije. Y corrí a eliminar la foto de comunión que tenía en mi wasap. Oye, pues la gente añade fotos en las redes sociales de hace veinte años, cuando tenía la tez rosadita, sin manchas ni arrugas y todavía no se le había inflado el globo estomacal.

(voz)-Eso es negar su presente y querer moverse en un pasado que ya no existe.

- ¿Y eso es malo?

(voz)-Ni malo ni bueno, es irreal, ilusorio, engañoso, ficticio, falso, imaginario, artificial, aparente, sin sustancia, ganas de llamar la atención, que me escuchen...

-¡Jope! No sabía yo la riqueza léxica que atesora la voz interior… Bueno, entiendo entonces que colgar una foto de cuando me tomé un refresco con mi prima en el 2005 es vivir en lo irreal, lo ilusorio, lo engañoso, lo ficticio, lo imaginario, lo artificial, lo aparente… (un momento, que me estoy atragantando, voy a por un poco de agua…, ¡ya!). 

(voz)-Totalmente. Eso es ignorarte, no aceptarte, necesitar de la valoración de fuera, no valorar tu presente…

-Vale, vale, vale… entendido (uf, y luego dicen que te comuniques con tu voz interior, pero no veas como “sopla”. A ver, razón lleva, pero cuando una quiere publicar algo y no dispone de imágenes o escritos actualizados… En fin, me voy a dar un paseo a ver si encuentro algo actual, que pase la “censura”, lo escribo y lo publico, que no se me ocurre nada  L  L . Por cierto, tengo lentejas para comer, no sé si vale la información, porque son para hoy L.