miércoles, 9 de octubre de 2019

En vuelo presuroso


¡Como te pille te reviento!... Mira cómo me tiene las piernas. Dónde se habrá metido el cabrito. Tráete el flis, por fa. Ese no, que es el de la mopa. Pero ¿qué pasa, es que los sprays de ahora son descafeinados?, porque este bichejo se baila un tango con el veneno. Míralo, taladrándome el pantalón, todo infladito y sonriente, como si estuviera en la barra del bar delante de una cerveza fresquita. Pero qué hijo de puche.
¡Pumba! Me lo cargué.
¡Vaya si ha costado!, no hay quien los pille, parece que tienen alas a motor. Que me disculpen los animalistas, pero yo con los mosquitos no puedo.
Ahora lo voy a diseccionar para recrearme y ver dónde almacena toda la sangre que me ha chupado… ¡Jope! Qué mal suena lo de “chupado”, meteré un eufemismo “me ha succionado”. Pero, vamos, que a él le importa poco como yo lo exprese, se ha ido al otro mundo con la panza bien llena. «¿Será verdad que cuando toca el sueño con sus dedos de rosa nuestros ojos, de la cárcel que habita huye el espíritu en vuelo presuroso?» ¡Ay! Lo siento, esto es de Bécquer; me habré acordado del poema por lo del ´vuelo presuroso´, ¡cómo te confunde la mente!
            En fin, que aquí tengo al pedazo de chupóptero encima de un papel… Penita me dan los mosquitos, son tan poca cosa… Venga, vale, lo voy a enterrar, total, qué culpa tiene el pobre de que su alimento sea tan sanguinario. D.E.P.
            ¡Un momento! ¿qué es eso?... ¡Ay, madre!, por lo menos tres más. ¿No habrán venido los parientes al entierro del finado?

   Mercedes Alfaya.

La hora bruja


A mí no me gusta trasnochar. Bueno, si merece la pena, sí. Llámese “merecer la pena” a una cenita romántica, una buena película, una conversación con sustancia, o disfrutar en la terraza de la visión de la luna traviesa moviéndose entre las nubes. También haría una excepción si no encuentro un papel que necesito, o tengo ropa en la lavadora que quiero dejar tendida antes de acostarme; me ha ocurrido en varias ocasiones. Preveo que el centrifugado durará menos y ahí me planto, delante de la máquina de lavar, en pijama, bostezo va…, bostezo viene... Y, como me gusta escribir, imagino alguna historia mientras espero, …: ¿Y si el frigorífico se hubiera liado con el lavavajillas?, de ahí los guiños de la otra noche con las lucecitas parpadeantes de la nevera, que yo pensaba que tendrían que ver con una mala conexión del cable. ¡Ay!, pillines, que os he descubierto. Y todo por haberme quedado despierta después de las doce de la noche.

Ya en los cuentos aparecen muchas señales que no interpretamos y que igual están ahí para darnos pistas, porque, esto de sobrepasar la hora bruja habría que mirarlo. Lo mismo que yo he descubierto esta especie de romance entre mis electrodomésticos, y Cenicienta perdió su zapato de cristal en el baile con el príncipe, quién sabe si, por acostarme pronto, me estoy perdiendo la conversión de la matrix en pastillas de colores (por decir algo).

¡Huy! Me acabo de acordar de Trinity, la de la peli. Ella era un hacker que fue despertada por Morfeo, tras lo que se unió al bando rebelde en la lucha contra las máquinas, luego, se lío con Neo. Y, esto…, ¿a qué venía?... ¡Ah, sí! Que, en nuestra matrix (porque vivimos en un mundo que solo existe dentro de nosotros) ocurren cosas muy raras después de las doce de la noche, como el flirteo de los electrodomésticos a la luz de la luna. Mañana, coloco una cortina más gordita en la ventana por si los tortolitos quieren profundizar, a ver si me traen un tostador nuevo. No te digo...

Mercedes Alfaya.


No me hables que no te veo



Anoche, oí una frase que me ha confirmado algo: andamos dormidos por el mundo. Fue en un programa de televisión; en mis días libres, sí que la enchufo (poco), sobre todo porque me gustan los documentales y algunas películas puntuales, como la que pusieron (proyectaron) anoche en tele 5: “Ultimátum a la Tierra” de mi actor favorito, Keanu Reeve.

Bueno, a lo que voy, que me enrollo como las alfombras en verano. Que en uno de esos zapines con el mando de la tele, escuché decir a un hombre en un programa que le gustaría que Dios le hablara, pero que no lo hace. ¡¡¡¡Peeeeerdooooonaaaa!!! Será que tú no lo escuchas, porque tooodo en el Universo nos habla, ya sea de parte de Dios, del Gerente, del Todopoderoso, del propio Universo o del nombre que queramos darle a esa fuerza que rige, mantiene y expande la vida dentro y fuera del planeta.

Y si alguien piensa que Dios, el Gerente del Universo, el Todopoderoso, como queramos llamarlo) va a utilizar nuestro lenguaje pobre, negativo, limitado y tóxico para comunicarse con nosotros, es que no se está enterando de nada (gerundio a consciencia). De todas formas, ¿quién dice que esa persona que nos avisa de algo, nos coge de la mano en los momentos tristes, nos alienta en la adversidad o nos sube la autoestima cuando vamos por los suelos, no es el propio Dios, el propio Gerente del Universo, el Todopoderoso…, o como queramos llamarlo?

Deje usted de mirar el móvil, de buscar la felicidad fuera, de escudarse en el victimismo, de echarle la culpa de sus desgracias a la gente, al trabajo, a la salud, al dinero o la vida… y mire un poco a su alrededor, a ver qué encuentra. El problema es que la mayoría de las personas piensan que solo nos podemos comunicar con palabras. Pues, ahí está el poema de Bécquer: “Que el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada” (esto se llama “Sinestesia” y es una figura literaria que consiste en atribuir a un sentido cualidades de otro sentido). 

      Y, digo yo, ¿qué pinta Bécquer en esta historia?, ya estoy otra vez comenzando en Roma y terminando en Pekín, pero, bueno, que me he quedado a cuadros con la afirmación de este tipo al que le falta un guantazo de parte del Universo para saber que Dios, el Gerente, el Todopoderoso o como queramos llamarlo está siempre ahí, en esta escuela de almas, añadiendo contenido y herramientas que no vemos.

Mercedes Alfaya.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Tras los cristales del mundo


Ahí están, la hamaca, el ventilador, la esterilla de la playa, la bolsa de rayas, el bikini, las palas, la pelota, las gafas de bucear, las chanclas, los bronceadores, las conchitas y almejas de todos los años; que luego no sirven para nada, pero son tan bonitas… Habrá que bajarlo todo al trastero; lo haré mañana.
 No me resigno a perder el verano, tan despreocupado y refrescante, tan alegre y luminoso…, tan poco madrugador y fiestero… El verano es mágico, incluso arriesgado en algunos tramos (que cada uno le ponga contenido al paréntesis).
Pues, sí, me encanta el verano. Te puedes ir de compras en chanclas, sin maquillar, con los rizos sin rizar, con las pestañas a medio abrir y hasta con un pegote de mantequilla en el labio, que nadie te mira; o si te miran, ni te critican; o si te critican, ni te enteras; o si te enteras, ni te importa. La gente se pasea en bermudas, con la camiseta del año pasado, el bañador descolorido, la gorra con la visera hacia atrás (que dice mi hermano que ¿dónde se comprarán esas gorras?), incluso descalzos los he visto por el paseo marítimo. ¿Y el olor a sardinas? ¿No me digan que eso no es el verano? Bueno, como el olor a castañas asadas es el invierno, pero me gusta menos.
En fin, que me da mucha pereza tener que buscar ahora todo lo del cambio de estación: mantas, colchas, rebecas, calcetines, botas, jersey, los pantalones largos, los chaquetones gordos, los abrigos de pelito, el calentador… (por ese orden).  Aunque, en mi casa no hace mucho frío.
Yo es que compré el piso que diera al sur y con vistas al Mercadona, por aquello de que estás guisando y te quedas sin sal, o se cuela un mosquito y no tienes repelente para la picadura, o le falta vino al pollo…, ¡zas! Bajas en un momentito y listo. Que sí, que la playita también la veo, pero de lejos, por la tarde, mientras me tomo el rooibos (de Mercadona). 
En fin, llega la noche y me quedan las estrellas.
Todavía, me puedo salir a la terraza y disfrutar del parpadeo de las luces artificiales a lo lejos, mientras el camión de la basura añade la melodía de fondo. Porque es lo que tienen los coletazos del verano, que todo se repliega poco a poco, tras los cristales del mundo, descolgando las hojas de los árboles sin que se note y goteando los tejados de vez en cuando.
«Hola, soy el otoño. A ver si se deja de tanta parafernalia dialéctica y le busca usted sitio a todos esos bártulos veraniegos arrinconados en la entradita, que luego se quejan las alfombras de que no tienen sitio para desplegarse. ¿Es que a usted solo le gusta el verano? ¿Y lo romántico de pasear bajo la lluvia dos en un paraguas?».

El final
del verano
llegó
y tú partirás.
Yo no sé
hasta cuando
este amor
recordarás…
Dime, dime, dime, dime amor...

Mercedes Alfaya

¡Socorro! Qué horror


Dicen que la casa es el panteón de los vivos, y debe ser verdad, porque, en la calle, se está divinamente, sobre todo si sales a pasear sin recaditos que cumplir ni tiendas que visitar.
Y, aquí estoy, disfrutando de la luz de la tarde y el rumorcillo de sus gentes, que yo camino mirando al frente, nunca al suelo, ni escuchando el audio que me envió mi amiga, con el móvil ahí, pegando a la oreja, y la mente volatizada, como si no existiera nada más en este mundo.
Estoy pensando..., si un extraterrestre deambulara por la ciudad, ¿qué pensaría de todo esto?: Ñññui, ñññuiii, conectando con la nave nodriza.
—¡Sáquenme de aquí enseguida! No comprendo a esta especie de especie. La gente aquí va pegada a un aparato rectangular que maneja tecleando en él como si los dedos volaran, llevan cables por el cuerpo, hablan solos y sus ojos, embebidos en esos chismes, nunca enfocan el horizonte. ¡¡Socorro!! Qué horror. Una señora ensimismada con esa cosa electrónica ni siquiera se percata de que la niña que lleva en el carrito casi se atraganta con un trozo de pan…
En fin, reconozco que cargarla contra los móviles es un argumento facilongo, porque, según algunos expertos en la materia, antes, las personas lo que necesitaban era relacionarse, en cambio, ahora, lo que prima es comunicarse, de ahí que cada uno cuente por lo menos con un móvil (o tres), a veces, muy socorridos en momentos cruciales: “Marí, que el tío me acaba de pedir que salga con él” “Pero, ¿tiene dinero?”. “Espera, ahora te digo…”.
Vuelvo al panteón. He comprado flores, aunque creo que las voy a descartar por aquello de la asociación. Además, asumido esto del aparente secuestro casero en el que nos movemos, habría que sustituir en el papeleo lo de “Añada su dirección” por “Añada su panteón”. ¡Huy! Cómo suena eso. ¿Quieren creer que al leerlo en voz alta hasta he notado el eco…?
Mercedes Alfaya.

Premoniciones olfativas


Hace lustros que no me hago un análisis de sangre, ni morfológico ni sintáctico. Nada. La gente me asusta diciendo que cómo se me ocurre, que si el colesterol, que si el cáncer… En fin, que llevarán razón, no lo niego, pero es que yo, lo de proyectar, los “por si acaso” y las sentencias los llevo fatal. De todas formas, pedí hora y me lo hice.

La enfermera-vampira, superamable, me preguntó si me mareaba y le dije que no lo sabía, porque no me habían pinchado desde que me dio el cólico hace 20 años. «No se preocupe, cierre la mano y apriete fuerte». Aquello me recordó a una prima de mi madre que era más tacaña que el colirio, y por eso, cuando se referían a ella, cerraban el puño y apretaban fuerte. No se lo conté a la sanitaria porque estas personas están trabajando y les importa poco a lo que a ti te recuerde una postura, un sonido o el olor a muerto. Digo lo del olor a muerto porque ayer me vino ese tufillo, y no quiero ni pensar que todavía goce de esa facultad tan extraña de captar el aroma a fiambre cuando hay un vivo cerca que pronto dejará de estarlo. ¡Huy! Repelús me da. Y fue al bajarme del autobús, mientras atravesaba el bar de los churros camino del trabajo... A saber, quién ocupaba mesa con cafelito y porras cuyo saco de carne pronto dejará de degustar harina frita.

Y, digo yo, si los análisis sirven para detectar todo esto…, la persona en cuestión ya sabrá que ha cambiado de olor y que eso, para los que percibimos aromas de otras dimensiones, es sentencia segura. Bueno, igual no lo sabe, pero se enterará pronto.

Volviendo a mis análisis, todo bien, nada de parámetros raros ni alarmistas. Los triglicéridos un pelín altos, pero vamos, que esos los bajo yo sustituyendo el pan normal por el de wasa a rebanaditas, y eliminando de la dieta la tarta de queso casera, que me chifla.

¡Un momento! Me dicen que se ha muerto una persona muy conocida en el pueblo. ¡Jope! Prefiero adivinar el número que tocará en la lotería a tener estas premoniciones olfativas tan lúgubres.

Mercedes Alfaya.

Pespuntes cotidianos


Ya es el cuarto caramelo de menta que me como en los últimos quince minutos. Yo soy de las que opina que los excesos y las obsesiones no son buenas; eso es lo que yo digo, pero no lo que yo hago. Le ocurre a mucha gente. Te advierten de lo que tienes que hacer, a pesar de que ellos no lo practican; o hacen justo lo contrario, o lo que les da la gana.
Si te tomas a mal estos imperativos con los que la gente reafirma su sabiduría ante tu ignorancia, será peor, porque, al alterarte, pierdes energía y, encima, refuerzas al otro en sus creencias de superioridad. Así que, cuando alguien se las dé de marisabidilla con lo que tienes o no tienes que hacer, tú prueba a quedarte mirándolo a los ojos, fijamente, como si quisieras que esos consejos se los aplicara él mismo, o como si te hubiera dado un aire y no pudieras moverte. Es lo mejor: la bofetada sin manos que decía mi madre.
Hoy probé esto con una vecina. Dejé que me sermoneara con lo que debía o no hacer con respecto a mi corte de pelo (porque la gente se mete en todo). Me quedé parada, inmóvil, con cara de esfinge, sorda, muda…, como si me hubiera dado un aire… La mujer, emitió un gruñido de oso impertinente, se dio la vuelta y se alejó enfurecida con paso militar en periodo de instrucción. Yo creo que le dolió la bofetada sin manos que no le di...
      Al final, los caramelos de menta me han servido para aprender algo, mira tú…
* * * * * * * * *

PESPUNTES COTIDIANOS 2
Envío un mensaje al correo electrónico del presidente de la comunidad de vecinos el jueves por la tarde.
Intento que me explique qué rayos hacían todas esas personas alrededor de mesas con comida, bebida y dulces en el césped de la piscina de la urbanización; me parece denigrante, bochornosos y hasta cutre (existen buenos restaurantes para ese tipo de celebraciones, diré). En lugar de protestar por ello, redacto mi mensaje como un interrogante, una pregunta al estilo: quería saber si se pueden hacer celebraciones en la piscina colocando mesas, sillas, comida, bebida, dulces y todo eso a estilo campestre… (y va con trampa, porque si me dice no, allá que le paso la foto del delito; en cambio, si me dice sí, añadiré que si eso lo ha consultado con el vecindario, porque me parece denigrante, bochornoso y hasta cutre).
Ha pasado una semana y sin noticias de Gus (es que se llama Gustavo).
Hoy, al abrir el correo (por fin) he visto su mensaje.
“Estimada vecina, tiene usted nuestro permiso para esa celebración con mesas, sillas, comida y bebida que nos solicita, siempre que lo deje todo limpio y en orden. ¡Que lo disfrute!”
¿¿¿¡Perdoooonaaaa!??? Me quedo más planchada que un tomate bajo las ruedas de un trailer. ¿Es que la gente no pilla las ironías?
Pues mira, ¿sabes qué te digo?, que me estoy planteando celebrar ahí, en el recinto de la piscina, lo bien que me quedó el último empaste, invitar a mis amigos, a la familia de mis amigos, a sus vecinos…, y hasta a mi dentista y a
Su mujer, total, será por montar fiestas piscinales.

(Mercedes Alfaya)

Lindas personas


Es 24 de septiembre, mi santo. Aunque ya no lo celebro, como tampoco festejo la navidad, el día de la madre, san Valentín y otras fechas anuales impuestas; unas por la iglesia, otras por el consumismo.
A lo que voy.
Me he despertado con mogollón de felicitaciones (mil gracias) de personas que se han acordado de mí este día. Y, oye, pues me ha gustado, porque ellas no tienen por qué saber lo que yo celebro o dejo de celebrar.

Y dentro de estas muestras de cariño, he recibido tres que me han sacado una carcajada abierta y espontánea. Venían de mis compañeras de trabajo (yo hoy estoy de descanso y no las veré). Ellas sí que saben de mi intento de negativa a seguir moviéndome en los programas, como es el caso de estas celebraciones. Por eso, sus mensajes han sido muy graciosos. Me decían que, aunque yo no festeje mi onomástica, ellas lo harán por mí; y aparece confeti, copitas de cava, burbujas, besitos… Yo les he contestado que, al final, voy a tener que reconsiderar mi postura para que nadie tenga que hacer cosas por mí, jajajja.
Qué curioso, durante muchos años, sí que celebré esta fecha y apenas se acordaban los más íntimos (mis hijos, mis hermanos y algunos familiares). Sin embargo, ahora que ya la desterré, muchas lindas personas se acuerdan de mí. Resulta que va a ser verdad eso de que, precisamente cuando no quieres algo es cuando eso aparece (o algo así): vean el efecto y pongan en Google “hombres sin bigote” (les saldrán todos los tipos con bigote del mundo).

Aprovecho para dar las gracias a toda esa gente que se acuerda de mí en el día de mi santo (aunque yo no lo celebre), porque me ha encantado encontrarlos.
Grazie mille, adoro le persone come sono.




El alma de los días



Estaba pensando en esa gente que dice que todos sus días son lo mismo; ¡por el amor de Dios!… Eso es como decir que todos somos iguales, porque tenemos dos ojos, dos orejas, una nariz, una boca, dos piernas, dos brazos, un tronco… ¿Y el alma?
A ver mi miércoles…
Suena el despertador a las siete y media. Me desperezo y me quedo un rato mirando al techo… ¿Me tocarán hoy los cupones que nunca compro? ¿Me llamará la editorial a la que todavía no envié mi libro para decirme que lo van a publicar? ¿Conoceré a esa persona tan especial que no necesito en mi vida? ¡Upa! Un salto y arriba.
Abro la cristalera del dormitorio para que se renueve el aire y se disipen los fantasmas de los sueños. Echo a la parejita de palomas que se acomodan todas las noches en la jardinera (¿es que no tenéis otro sitio donde gorjear?, tortolitos) y a la ducha:
La donna è mobile
Qual piuma al vento
Muta d'accento
E di pensiero…

Con la toalla en `palabradehonor´ y el turbante en la cabeza me planto en la terraza del salón a ver cómo va el tiempo. ¡Huy! ¿Qué hace mi vecina tan temprano con el parchís? Bueno, dicen que con la pareja se puede jugar a cualquier cosa, se ve que algunos son así de originales. Y digo yo, que los días de esta gente serán siempre distintos, porque dependen de un dado: «(takataka, takataka, plás) ¡Cinco!, …, cuatro y cinco. Lo siento, te como esta y me cuento veinte». Vaya manera tonta, simplona y monótona de iniciar el día.
En fin, yo a lo mío. Me seco el pelo, me aplico las cremas, me lavo los dientes (aunque no he comido, tengo esa costumbre). Abro el armario y me coloco el dedo de pensar en la boca. ¿Qué me pongo?... Venga, sí, la camisa fucsia que es cómoda y me favorece mucho con el pantalón negro (se supone que el sujetador y las bragas ya los llevo, jejej). Toquecito de colonia detrás de las orejas y en las muñecas, que son los sitios más sensuales para estos aromas, y listo. Los zapatos (estos mismos). El bolso, las llaves y el móvil localizados. Pues, hala, ¡adios! casita, hasta la vuelta (siempre me despido de mi casa cuando salgo).
No, no se me olvidé del desayuno, es que yo, por la mañana, solo tomo una infusión a eso de las diez. Los habrá que digan que eso es malo, que el desayuno es lo más potente del día… (yo a lo mío, que también dicen que la leche tiene calcio y es lo peor que te puedes meter en el cuerpo). ¿Qué no? Busca los tres venenos blancos y ya verás: La harina, el azúcar y la leche.
Llego a la parada del bus y ahí está la chica que se fuma un cigarro todos los días y la mujer que se desespera mirando el reloj (como si no supiera el horario).
Ahí viene…
Me acomodo en la parte trasera, los asientos están más altos y disfruto mejor de las vistas. Hasta la tercera parada que sube la mujer del moño a lo Amy Winehouse y se coloca delante de mí. No es que me moleste, pero el peinado me fascina y me lleva distraída hasta la siguiente parada, donde sube la chica lánguida y el señor del carrito. No tienen relación, pero yo les monté una historia. Se trata de Amelie y su padre, que no se hablan. El padre de Amelie es Rafael Poulain, médico, encerrado en sí mismo y obsesionado por adornar la tumba de su esposa. Es un hombre con miedo al mundo que dedica su vida a un enano de cerámica que tiene en el jardín. Apenas sale de casa más que para la compra. El resto de pasajeros no me interesan, bueno, quiero decir que no me sirven para mis escritos.
        Llego a mi parada. Al bajar del autobús, la luz cambia y escucho una vocecilla en mi cabeza: «A por todas, Cenicienta» (esto significa que mientras no me toque la lotería, me llegue la herencia o me vuelva bohemia, tengo que seguir trabajando en lo mismo, con lo mismo, dentro de lo mismo y entre los mismos).
       Al final del día, buscaré la perla entre la ropa sucia y escribiré algo DISTINTO que me servirá para romper el maleficio de que todos los días son iguales. ¡Yo ya sé que la magia está en la forma en la que enfoque mis ojos y combine mis letras!
Mercedes Alfaya.


Cara de lunes


Es sábado. Tomo el autobús para ir al curro. Igual hay poca gente que trabaje los sábados, yo sí (y los domingos, también). En compensación, descanso lunes y martes, que está todo abierto y hay menos bulla en los restaurantes y en los hoteles. A mí me gusta trabajar los fines de semana, no sé, es como salirte del sistema: vosotros de barbacoa con los amigos en el jardín y yo currando, pero luego, ahí vais el lunes con cara de lunes, y yo de fiestuqui. Le llamo fiestuqui a pasearme en camiseta por la casa con una taza de té entre las manos escuchando musiquita de relajación. Bueno, también salgo a tomar algo y a caminar por el paseo marítimo disfrutando de la luz y el aroma del mar, por eso, a veces, tengo cara de mar.
Ahora que lo pienso ¿la cara de lunes será distinta a la cara de sábado? Me acabo de hacer esta pregunta trascendental. Porque, claro, el subconsciente, para los que descansan sábado y domingo, se iluminará ya desde el viernes y el semblante será distinto. En cambio, yo, si alguien me observa, hasta que no llega el domingo por la tarde, no cojo tono de “fin de”.
Con razón a mi vecina no le encuentro el atractivo, y es porque nunca descansa, lo suyo son las prisas, y enterarse de cuándo trabajaN o descansan los demás. Me la encuentro los lunes, y siempre me pregunta lo mismo: «¿Qué, de vacaciones?». Será capulla… «Te dije que descanso lunes y martes». «¡Ay!, nena, te vas a tener que tatuar eso en la frente para que lo recuerde». «¿Y por qué no te tatúas tú en la memoria que yo descanso lunes y martes?».
 Ahora que lo pienso, retiro lo de “capulla”, porque, eso de meter palabras malsonantes en los textos estará muy de moda entre la élite literaria, pero yo, como no pertenezco a ese grupo de privilegiado abolengo (todavía) no me puedo permitir esos lujos. Además, dice mi amiga que no hace falta etiquetar o juzgar a los demás, porque todo lo que nos incomoda de otros es lo que, precisamente, no soportamos de nosotros.  Y, digo yo…, si me vuelvo a encontrar a mi vecina y me dice lo mismo ¿le pongo cara de capulla a ver si lo pilla sin que la tenga que juzgar? Ufff, es que me vuelvo a encender (de rabia, no a iluminar).
Cuando llegue a casa, me voy al espejo del baño y me pongo a ensayar caras, a ver cómo queda la de lunes y martes de descanso. Quizá, con ojitos de vaca dulce… No, no, quita, quita, que se pueden creer que busco rollo… Ah, ¡ya sé!, me ato un globo de fiesta a la muñeca y lo paseo por ahí. «¿Estás de vacaciones?» «No, de descanso» «¿Y qué diferencia hay?» «¡El globito, capulla, el globito!».

Mercedes Alfaya.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Para qué sirve


Le voy a dar otro repasito a la casa. Llamo repasito a deshacerme de todo lo superfluo, lo que acumulamos, lo que no sirve, lo que ocupa sitio sin necesidad, tipo maceitas, buditas, espejitos, cuadritos, libritos de autoayuda que, si me ayudaron ya no me acuerdo. Claro que, esto, para mí, supone un peligro: cuando enfoco los ojos de «para qué sirve», no le encuentro utilidad a nada; bueno, quizás la mesa de comedor, las sillas, el sofá, la televisión… Aunque, a unas malas, hasta podría prescindir de eso y mi salón quedaría impoluto, inmaculado, limpio. Un cubo con agua y ¡fregotazo va, fregotazo viene, todo reluciente y perfumado en un ¡plis! ¡plas! Y, como también me desharía de las cortinas, con la cristalera abierta, el suelo se secaría enseguida. Pero, bueno, de momento, no estoy tan evolucionada como Diógenes que, ante la pregunta del ilustre Alejandro Magno sobre qué era lo que necesitaba en este mundo que él se lo proporcionaría, contestó que se apartara un poco para que le llegara la luz del sol, que eso era lo que necesitaba. Si yo no fuera yo, me hubiera gustado ser Diógenes.

En fin, sigo con mi repaso a la casa. 

De momento, los álbumes de fotos los puedo bajar al trastero, total, si esos ya no somos nosotros, para qué engañarnos con las visitas: «Mira, yo en la comunión de mi niño». «Pues, no se te reconoce, pareces otra» Pues, claro, Maritina, si han pasado 30 años… ¿Entonces? ¿Para qué quiero guardar esas fotos en el estante del salón, si no soy yo, ni volveré a serlo? ¿Para demostrar que quien tuvo retuvo y guardó…? Chorraditas de la Carlota, como yo digo, y ahí las fotografías metidas en sus hojas ocupando sitio y acumulando polvo. Además, el cabreo que cojo cuando me veo esa cinturita de avispa, esos muslitos de jamón, ese culito de bombín y esos pechitos de limones y naranjas…, lo único que puedo hacer es decirme lo que comentan las visitas: «Pues, no se te reconoce, pareces otra». Que no, que no…, que todo esto va fuera junto con la caja de la costura (que ya no se cose…), la de los cables “por si”, los cinturones de marras, los zapatos reliquia, las pastillas y jarabes caducados…, y todos los demás nidos caseros perdidos por los rincones.
En cuanto a muebles y electrodomésticos, me voy a quedar con la cama, la mesa del comedor, las sillas, el sofá, la lavadora, el frigorífico y la cocina (entera, sin micro-ondas). A la tele le voy a dar otra oportunidad, ahora que, como yo siga enchufándola y me salga el Jorge Javier ese, la Belén Esteban, el tío que remodela las casas o el encantador de perros (que te tienen ahí una hora para luego decirte que tú no intentes poner en práctica sus habilidades) es que ni al Wallapop, la bajo directamente a la basura. Por cierto, con estas radiografías de cuando me torcí el tobillo hace 15 años ¿qué hago?, porque dicen que son nocivas y no se pueden tirar en cualquier parte. A saber, encima, la radiactividad que acumulo en casa. Si es que ya lo decía mi madre, donde se ponga un buen barrido que se quite un mal fregado (no sé si tiene algo que ver con todo esto, pero es que acabo de encontrar una foto de mi madre detrás de la cajonera del armario).

Mercedes Alfaya.


viernes, 6 de septiembre de 2019

Hasta que yo despierte


Abro los ojos y el mundo aparece… ¿Seguirá la realidad ahí fuera mientras duermo? Vaya cuestionamiento: Dudo, luego existo…

Entro en el supermercado a comprar un paquete de arroz Basmati, el original; sé que es el auténtico porque vale tres euros; todavía tengo pegado a mí eso de que si las cosas cuestan poco son de baja calidad, y es mentira, porque vaya poco que me cuesta escribir una tontería de estas sin que existiera antes de que yo la creara; por lo tanto, es original (en ambos sentidos de la palabra).

Pago mi paquete de arroz genuino y descubro el nombre del establecimiento en la cabecera del tique: SUPERCARO. Se me descuelga el labio inferior y las cejas se arquean desafiando la gravedad. Pregunto a la chica de la caja si es que el dueño ha decidido ser honesto con el cliente y advertirle de la clavada que añadirá a los precios de sus productos. La mujer me mira con cara de lástima, como diciendo ¿de qué kindergarten se habrá escapado esta? Pero no me importa, es algo a lo que estoy acostumbrada, dada mi ignorancia ante cualquier interpretación del mundo más allá de la simpleza de sus formas.

Al final, la dependienta me aclara sin mucho esmero que “caro” es de Carolina, el nombre de la dueña, y “super”, la abreviatura de supermercado. El caso es que, ya no me convence lo del arroz, dudo de su autenticidad, dudo de mi originalidad, dudo incluso de que “Basmati” sea el nombre de ese paquete de arroz y no le hayan colocado una etiqueta falsa para la venta. Y, desde luego, mientras yo no pueda demostrarlo, dudo de que el mundo siga ahí más allá de mis despertares. Por eso, cada vez que cierre la puerta de mi habitación, pensaré que, al otro lado, todo se desintegra y desaparece, hasta que yo despierte.

Mercedes Alfaya

Juanjo y Juanjo


        
         De cómo los niveles de conciencia determinan la conversación con un muerto.

         Juanjo y Juanjo

         Juanjo es empleado de una funeraria y le gusta su trabajo, sobre todo porque no discute con los clientes. También los maquilla, los pone guapos y ni rechistan.
            Pero es en los viajes largos, cuando hay que trasladar a un finado de un pueblo a otro, o de una ciudad a otra, cuando Juanjo establece un vínculo especial con el muerto.

            Juanjo (en su antiguo nivel de conciencia):
            Bueno, tío, arranco y nos vamos.
            Hay que ver, tu último paseillo y te han dejado más tirado que una escoba en el desierto; ahí te das cuenta de que la familia es una mierda, así de claro, con todas las letras. Para qué te quieren acompañar si el entierro no es hasta mañana… Bueno, no te apures, aquí estoy yo. Te voy a contar un chiste que te viene que ni pintado: un tío llega al cementerio y pregunta, ¿está Pepe? Y escucha una voz que dice, noooo, pero vendráaaaa, vendráaaaa, jeje, jeje. Ni maldita la gracia que te hizo ¿a que no? Bueno, de qué quieres que hablemos (oye, que lo de “hablemos” es un decir…, ya sabes). Espera…, a ver si me despisto y nos vamos los dos a Calatayud. Sí, es por aquí..., vamos bien... Bueno ¿qué pasó? Te colgaste de la lámpara ¿no?... ¿Deudas? ¿Se fue tu suegra a vivir con vosotros? ¿Te engañaba tu mujer?... Da lo mismo... Tomaste una decisión chunga.  ¿Sabes lo que yo hubiera hecho? Me hubiera sacado un billete a las Bahamas y que marisqueen los mariscadores, no sé si me explico.
             En fin, que cuando lleguemos te voy a maquillar del diez, vamos que ni el Wojtyla, mira que se esmeraron poco con los retoques al papa. Yo tengo clientes a los que les he pintado hasta pecas en la nariz y los he empolvado a conciencia; la autoridad de la muerte hay que saber tratarla.  Me ocurrió con una mujer que la pobre presentaba un blanco quebrado de lo más cutre. Le pellizcabas los mofletes y parecían de verdad. Bueno, de verdad sí que eran, quiero decir que parecía que estaba viva, incluso la textura se prestaba al tipo de maquillaje que yo empleo. La dejé que ni la Monroe, je, je. ¡Ay! Mi Marilyn... A esa sí que me hubiera gustado llevarla en mi coche y pasearla por todo Manhattan; bueno, yo soy de Alcaudete, pero la hubiera llevado a Nueva York con todo el coche lleno de flores y cintas con mensajes: «Mi amor platónico» «Adios a la reina de las diosas» «La tentación vive arriba»...
            ¿Sabes? Uno se siente extraño conversando con alguien a quien ya le importa un güebo todo lo que se dice y todo lo que ocurra fuera del contorno de su ataúd, claro que morirse tiene sus ventajas... Y mira que nos complicamos la vida ¿eh? Unos más que otros. El jueves pasado, sin ir más lejos, tuve que recoger los pedazos de un tipo que se puso delante del tren. Y eso no fue lo peor, se había empapelado el cuerpo con todos sus ahorros: billetes de 100 euros desparramados por el suelo, y yo recogiendo cachos de carne. Si es que hay que ser bruto. Deja aquí la pasta, tío, si a ti ya no te va a servir. Pues no, se lo quiso llevar todo con él. A ese ni lo recibieron en el cementerio. La familia dijo que ahí lo entierren donde pillen que ellos no querían saber nada de él (o de lo que quedaba de él, porque el panorama las pintaba en negro). ¿Mira que dejar a la viuda sin un céntimo...?
            Bueno, perdona, tú dirás que a ti qué te importa la historia del tipo  ese. ¿Ves? la muerte está para que aprendamos a vivir lo nuestro, lo malo es que ya no te va a servir para nada el aprendizaje. ¡Uff! qué bache! No veas cómo están las carreteras...

               
         Juanjo (en otro nivel de conciencia):
               
                Qué pasa, compi. Se termino la escuela ¿eh? ¿Te llevaste muchos puntos? Mira que si no el cabroncete del Super te hace volver…, y la cosa está que arde. Escucha, si ves el túnel de luz y la familia que sale a esperarte, ni caso, que todo es un montaje para que sigamos en el encierro. Tú para adelante, para adelante... todo recto, todo recto... Y no te preocupes por el envase, en un mes los gusanos te lo dejan listo. Bastante tenemos con habernos quedado encerrados aquí, en la Tierra, como para preocuparnos de nada una vez liberados. Ya sabes que todo esto es una farsa, que nosotros no somos este cuerpo limitado de carbono. Bueno, tú ahora lo sabes mejor que nadie. Por cierto ¿a ti te importaría darme una señal de que andas por ahí arriba?... ¡Hostia! ¿Quién ha encendido la radio?... ¿No me digas que ese es el Michael Jackson y la canción de los muertos...?

La oscuridad cae sobre la tierra,
la media noche se está acercando.
Las criaturas se arrastran en busca de sangre
para aterrorizar a todo el vecindario...
¡Espeluznante!

(Del libro:Nuestro personaje en prácticas, de Mercedes Alfaya. 
Disponible en papel (11 euros; solicitar a la autora) y en Amazón (3,14 euros). 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Viaje a las Pléyades (Sexta parte)


(Informe de la Pleyadiana que se encuentra en la Tierra)

Hola. Llevo todo el verano instalada en este planeta de experimentación, y parece que debo regresar.



La verdad es que podría haber elegido otro lugar con temperaturas más gélidas, porque aquí, en el sur de España, el astro Rey pega de lo lindo, incluso, sudo y hasta sueño el doble.
En fin, no voy a utilizar esa parte humana tan socorrida como es hablar del tiempo cuando no tienes nada que decir: «¡Vaya sofocos!». «Ha dicho la tele que mañana bajan las temperaturas». «A ver si es verdad, porque llevamos unos diitas…, bla, bla bla…, bla, bla, bla…».
 A lo que vamos…
Qué curiosos son los terrícolas. Se instalan en su personaje, ese al que desde su nacimiento le fueron añadiendo programas, tipo: para ser alguien hay que estudiar; la vida no es un camino de rosas; tienes que cumplir con los valores de la familia; busca tu media naranja; hay que casarse, tener hijos …) y ni siquiera ven que esos no son ellos, sino lo que hicieron de ellos. Porque, a ver…, Magdalena, si tú hubieras nacido en Alaska (por decir algo) ¿serías la misma persona que eres ahora? ¿Pensarías como piensas ahora? ¿Actuarías como actúas ahora?...
 (Magdalena se coloca el dedo de pensar en la boca).


 —La verdad es que no.
Pues, entonces, esa no eres tú. Eres la persona que han hecho de ti. Si eliminas todos esos programas, llegas a la esencia, una que sería la misma aquí que en la Conchinchina (que está al sur de Camboya). Así que, Magdalena, cuando te mosquees, te alteres o te rayes, pregúntate si la que se mosquea, se altera o se raya eres tú o es el personaje de Magdalena con toda esa carga emocional y sintética que lleva a la espalda.
(«Estoy más perdida que un cangrejo en un cubo»—pensará Magdalena).

                                                                

                                                     


V-iu… V-iu… V-iu… Que la pleyadiana deje de parlotear y se prepare para la ascensión (por los altavoces galácticos).
—¡Un momento! Solicito al comandante galáctico que tenga en cuenta mi petición de residir en la Tierra otro periodo de tiempo lineal, con la intención de probar el rescate de algunas almas más antes del impacto.
—Su petición ha sido proyectada a nivel cuántico, con lo que, la respuesta es inmediata. Aquí le paso al jefe:
—Estimada colega pleyadiana: Para que usted pueda participar en la recuperación de las almas desconectadas de la Fuente cuando la Tierra fue invadida por entidades maléficas —esas que, ahora, controlan el poder a todos los niveles—, resulta imprescindible haberse graduado en «Razas con grados de consciencia bajos y egos demasiado altos». ¿Posee usted esta acreditación?
—Desde luego, señor, la tengo.
—Bien, prosigo. Ya sabe que la raza humana adoptó el sufrimiento como forma de vida, cuando el camino hacia la felicidad lo tenían —y lo tienen—bastante claro; y tan sencillo, que no lo ven.
—Así es, jefe.
—¿Cómo haría usted para dar solución a esto?
—Pues, trabajaría con ellos la Aceptabilidad, haciéndoles comprender que aceptar no tiene nada que ver con resignarse, porque la aceptación requiere de algo previo como es la comprensión del por qué y el para qué de todo lo que ocurre en sus vidas. Como dijo el ilustre personaje Dalai Lama: «Nada te hace perder más energía que el resistir y pelear contra una situación que no puedes cambiar».
—Y ¿cómo piensa usted que una raza a la que durmieron, anularon sus capacidades y desconectaron de la Luz comprenda que resulta inútil oponerse al plan divino, y que, esta oposición lo único que consigue es agitar el sufrimiento?
—Conseguiré que lo comprendan con paciencia, Amor y compasión, señor.
—¿Qué es para usted la compasión?, porque no tiene nada que ver con la lástima.
—Desde luego que no, señor. La compasión es el respeto a lo que cada ser humano decide atraer y mantener en su vida mientras llega la iluminación.


—¿Y el Amor? ¿Cómo explicaría usted el Amor, con mayúscula, a esos terrícolas que se alimentan del posesivo más dañino del Cosmos: Mi casa, mi mujer, mis hijos, mi coche
—Les haría comprender que el Amor es algo que necesitan expresar cuando hay dificultades, porque cuando no las hay, lo que expresan es una ligera armonía. Y que el Amor es precisamente lo que se necesita para aceptar aquello que no es fácil para mí, para manejar situaciones complicadas y para aceptar los errores ajenos y los propios.
Silencio…, silencio…, silencio…
—¿Quedó claro, señor?...
—¡Como las partes del huevo que no amarillean! Pleyadiana Alcione, le doy permiso para que se quede en la Tierra el tiempo que necesite en calidad de ayuda al rescate de todas aquellas almas que pueda sacar del fango antes de que Nivirus, el gemelo del sol, desintegre esta reliquia de planeta.




miércoles, 12 de junio de 2019

Viaje a las Pléyades (quinta parte)


Mi amiga, la pleyadiana, ya está en la Tierra.

Parece que se enfundó un cuerpo bastante resultón y cómodo para la experiencia 3D. Y, aunque desconoce el lugar exacto donde aterrizaron, dice que le encantó esa sustancia refrescante y líquida cuya molécula se compone de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.
Todo esto me lo va contando a través del pleyamobilingüe, conectado a la frecuencia del infinitodecimonónicoestelar, que, a diferencia del móvil terrestre, no necesita “coltan” (el mineral que ha causado más de tres millones de muertes en el Congo debido a las malas condiciones de su extracción).
Dice, además, que le ha sorprendido no encontrar en la Tierra centrales de Serotonina, imprescindible para mejorar los procesos conductuales y neuro-psicológicos en humanos (como añade la información que maneja en su micro chips implantado para el viaje), aunque sí que conocen y utilizan la Shungitha (o piedra inteligente). Y que, incluso, ha visto que algunos humanos purifican su agua con este mineral procedente del espacio. (¡Qué bien! Ya veo que mis paisanos van descubriendo poco a poco algunos secretos beneficiosos para ellos, hasta ahora ocultos por los que controlan y manejan los hilos del planeta).


      Aquí, el bote de 2 litros de agua macerando con los 200 gr. de Shungitha en bruto.

Me pasó la imagen un pleyadiano especializado en «biología celular» que, de vez en cuando, viaja a la tierra, se enrolla con alguna sesentona de buen ver y pasa largas temporadas en su casa hasta que consiga el doctorado Shungi-Galáctico (vaya suerte para la terrícola elegida, porque la limpieza de metales pesados en células con este agua las practica con ella: medio vasito por la mañana..., medio vasito por la noche...; un besito aquí..., otro allí...; shungitha va…, shungitha viene…). 

Ya por la tarde, mi amiga quedó para merendar con el sol (que es un portal energético con entrada en redondel oscuro y salida luminosa) y darle las gracias por permitir la vida en la Tierra. Para ello, cambió de cuerpo y eligió un look de lo más acorde a la velada.



           La merendilla estuvo de lujo, porque dice que con el sol se puede hablar de todo: charlaron de los toroides, que son manifestaciones de la consciencia, además de que cada toroide es una línea temporal. También conversaron acerca de los maestros, tanto ascendidos como de la tierra, jerarquías de poder que no necesita el ser humano, porque, en estos momentos, él ya Es todo lo que necesita Ser.

           —Bueno, si todavía encuentras a alguien perdido, le puedes recomendar un guía, pero, vamos: “Cuando el alumno está preparado, desaparece el maestro” —dijo el sol antes de ocultarse tras la montaña.
Me contó mi amiga, la que partió de las Pléyades en viaje de incógnito al planeta, que vislumbró algunos asteroides y meteoros donde se esconden naves extraterrestres para surcar el firmamento sin ser vistas. Y que uno de los miembros de la Confederación Intergaláctica de los Mundos Libres, en pleno descenso, impartió allí mismo una clase magistral acerca del llamado “vacile” terrestre; muy extendido entre los que todavía piensan en el arcaico y equivocado binomio: «Felicidad=Acumular». Y aquí lo tenemos, en plena experiencia religiosa. 


A media noche, hora terrícola, mi amiga, que ahora habita en densidades de lenta vibración (espacio tiempo incluidos), dijo que, en la Tierra, lo que lleva peor es que todo pesa mucho, que hay que andar por el suelo todo el rato y que no soporta el calzado de ningún tipo. Que lanza las zapatillas al aire, pero que vuelven a caer. Y claro, se las coloca de nuevo para no dejarlas allí tiradas, que le da pena.


 Con la pena, esta no avanza. Y eso que lleva una lista de sentimientos humanos que debe evitar a toda costa para no quedar atrapada en las redes de los programas implantados, entre ellos: la pena. Pero también, el miedo, la hostilidad, la ira o los celos. De todo esto tendré que hablar con ella, porque en la Tierra resulta fácil caer en esa especie de arenas movedizas, donde, luego, a ver quién recoge sus lágrimas y las devuelve a los ojos.
Además, como es su primer aterrizaje en el «planeta-escuela», no he querido meterle más y ponerla en guardia acerca de las “trampas” que debe evitar, sobre todo las del ego.
De manera que volvió a cambiar de look para asearse un poco, desconectó consciencia y dejó el cuerpo aparcado hasta el día siguiente. 
¡Que descanses, bonita! Te queda faena…


Mercedes Alfaya.