Como ya dije (y mantengo), yo no tengo miedo a lo que está
ocurriendo, porque, si tengo que pillar el virus, lo pillaré, y el proceso será como una gripe (o no, pero eso no está en mis manos, por lo que no me voy a
preocupar). Lo que sí quiero decir es cómo me está afectando lo de permanecer
encerrada en casa (sin que yo lo eligiera).
Los primeros días, guay, en casa, sin trabajo; nada urgente
que resolver, no hay que madrugar, tampoco necesitaba ir al super: más o
menos, tengo comida… Pero, el tiempo pasa y esto hay que saberlo gestionar, por
lo menos yo.
Reconozco que hace dos días me ocurrió algo extraño: me levanté y,
de pronto, me sentí sola. Pensé que necesitaba ver a alguien, la presencia
humana, mis amigos, abrazar a mi familia, que sonara el portero
automático, el timbre de la puerta…, prepararles un arroz… Ya ven, yo, que
presumo de no sentirme nunca sola…, mira tú, ahora viene un bichejo de mierda y
me derrumba todo el trabajo que estoy haciendo en favor de mi estabilidad
emocional.
El caso es que, la “alarma” saltó en mí sin que yo pudiera
controlarla (he buscado información al respecto y parece normal, aunque no
existe precedente de confinamiento ni pandemia como esta). En fin, que, a la
desesperada, me puse en contacto con las personas que creía podían aliviar un
poco este sentimiento tan insólito con el que desperté; lo hice y me ayudó mucho.
Lo que no sé es si conseguí confundirlos o alarmarlos con mi actitud, pero
bueno, ya pasó.
La situación es la que es, y esto hay que llevarlo
bien, porque, de lo contrario, estamos perdidos: la desestabilidad emocional,
el miedo, el aislamiento…, nos produce vulnerabilidad, algo que nos convierte en
manipulables; además de que hará más daño el encierro, la falta de
actividad, de relaciones humanas y de oxigenación que el propio virus; ya te diré
yo cuando esto acabe cómo estará la gente a nivel psicológico y de energía.
Pero bueno, ahora mismo es lo que hay, y luchar en contra no sirve de nada.
Pues bien, por recomendación de mis hijos, me he puesto a hacer
ejercicio físico con ayuda de vídeos que encuentro en Internet. También, un
amigo me animó a retomar la escritura de mi novelilla “Pluma Roja”, que lleva
tiempo aparcada. Además, como me gusta mucho la cocina, estoy experimentando
recetas nuevas, como las alcachofas con almejas de mi compi
del trabajo. Y ¿saben qué?... Ahora mismo luce el sol en mi terrada y voy a
tumbarme ahí un rato con musiquita zen de fondo; la vitamina del sol que podamos recibir en
nuestras casas es algo de lo que no nos pueden privar, y
eso nos aporta el mejor antídoto.
Claro que la estabilidad emocional no podemos basarla en distracciones
que nos ayuden en momentos puntuales, porque luego vienen los bajones; esto más
bien es un trabajo de tiempo donde aprender a gestionar lo que sentimos, saber
por qué y desde dónde actuamos, qué ocurre en nosotros para repetir
comportamientos o movernos de forma automática… Un trabajo minucioso al que
dedicarle tiempo y plantarle cara, porque la mayor contaminación no está fuera,
sino dentro de nosotros, en los propios programas que traemos de fábrica.
A mí este bichejo me está enseñando mucho, sobre todo a no
relajarme, porque ya he visto que vuelvo a caer en las “tentaciones”, como las
de venirme abajo sin ton ni son, o pensar que estoy sola, cuando la soledad más
grande es no creer en ti mismo (y en todos los recursos de los que dispones).
Con esto quiero tranquilizar-me y afirmo que: vuelvo a la ESTABILIDAD.
Porque, como dice la frase: “Caer está permitido; levantarse, obligado”.
Mercedes Alfaya.
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