jueves, 2 de junio de 2022

EL TEATRO DE LAS VANIDADES

               Dice mi amiga que, si quieres revisar cómo va tu ego, te asomes a tu facebook. ¡¡¡Ufff!! Es verdad. A ver si cuento lo que quiero contar con precisión y certeza, mientras dejo a mi ego en la ventana.

Situación: Yo, mi cuerpo, mi alma, mi espíritu y mi ego (que también cuenta para que yo sepa dónde estoy en cada momento) viajamos en tren de cercanías. ¿Dirección?: Fuengirola. Next Stop: Fuengirola (como dice la voz en “off” para que los extranjeros sepan las estaciones, que aquí todavía creemos que vivimos del turismo). En fin, a lo que voy, que me enrollo como las alfombras en verano. En uno de los asientos de mi izquierda, al otro lado del pasillo, un “guiri”: rubio, unos 50 años, delgado, piernas largas, mochila a la espalda y una botella de cerveza de litro y medio en el asiento contiguo (trago va, trago viene). El seguridad, que viaja a la caza y captura de que se cumplan las normas (pero, ¡¡¿qué normas?!! ¡A ver si os aclaráis, que lo que se prohibía ayer, ya se puede hoy, y viceversa!).

En fin, seguimos (que con las elucubraciones creemos que vamos a arreglar el mundo…), que llega el vigilante y le llama la atención al “guiri”. El tipo obedece, encoge las piernas y coloca las plantas de los zapatos en el suelo del tren. El guardia le pregunta si la botella es de cristal, porque, de ser así, necesita guardarla en su mochila. Y es en ese momento cuando el tipo se encrespa, se baja la mascarilla y le lanza improperios y quejas en su idioma: Puchiclá- pechule- rocdirevi- maluki, buchina, ruku… (escribo esto porque no me enteré de nada; es más, cuando me preguntan si yo domino el inglés, contesto: “si es más chico que yo, lo inflo”).

El prenda se mosqueó y parece que dijo que la botella era de plástico y que dejara ya de molestarlo. El seguridad, que hizo cursos de Habilidades Sociales (o debió hacerlos) para no entrar en el juego y el ego de los usuarios, con tono pausado y firme, le vuelve a repetir las normas y sigue con la rutina.

Un minuto después, el borrachín reocupa el asiento de enfrente con los pies encima (zapatos incluidos), mete la boca en la botella y ¡glubs, glubs!, venga alcohol para el hígado.

Hasta aquí, bien; bueno, todo lo bien que se presenta una situación que no sé por qué a mí me llamó la atención y me sacó de mi deleite en el paisaje: el mar de fondo, la vegetación, edificios, estaciones, hoteles y todo este escenario divino y humano con el que disfruto cuando viajo en tren de cercanías.

El caso es que algo no me encajaba en la escena (digo “escena” porque ya se sabe que todo lo que ocurre a nuestro alrededor es puro teatro, y la gente que nos rodea, puros actores; cada cual en su papel con la finalidad de que aprendamos algo. Pero como  todavía hay quien ignora esto, yo lo expongo así, tal y como lo viví desde mi butaca de espectador). Repito: a mí había algo que no me encajaba, y no me refiero a la movida del tipo que pretendía hacerse notar (ya sé que eso viene de la infancia, que no le echaban cuentas, que le prohibían cosas, que, en definitiva, le impedían ser él mismo y, ahora, de adulto, lo manifiesta llamando la atención). No, no era eso. Tampoco se trataba de que se estuviera envenenando a las diez de la mañana con un litro y medio de cerveza, él sabrá cómo quiere tratar su vehículo, su cuerpo, el saco de carne con el que tiene que moverse en esta densidad. No, tampoco era eso. ¿Qué era entonces lo que no encajaba? Porque a mí me llamó la atención, cuando tendría que haber seguido a mi rollo, relajada y tranquila. Claro que, una vez puestos, ya quería saber qué era lo que no encajaba en la escena. ¿Qué era?... ¿Qué era?... ¡Pling! (bombillita sobre la cabeza). ¡Eureka!, (como dijo Arquímedes), lo descubrí.

 Lo que parecía estar fuera de la escena era la mujer. ¿Qué mujer? La que permanecía sentada frente al tipo de marras sin opinar, sin inmiscuirse en nada, escuchando todo lo que balbuceaba el tipejo como una esfinge en el desierto. “Bla-bla- bla, bla-bla-bla” y ¡pimba!, agarraba la botella y para dentro, restregaba la manga de la sudadera por el morro y seguí charlando: monótono, apagado, denso cual riachuelo de lodo en mitad del asfalto. La mujer en su pose, acartonada y estricta, sin rictus ni mueca, con la expresión justa como para no confundirla con un muerto.

Ya me estoy acercando al final, esperen…

El tren se detiene en la estación de los Boliches y yo pienso: mejor me bajo aquí y me voy hasta Fuengirola andando. Y va el tipo y la mujer y también se bajan ahí. Salgo de la estación, me olvido del tipejo borrachín y de la mujer cartón, y me dejo llevar por la siguiente escena: transeúntes, barecitos, cafeterías, tiendas, sol, luz…  Y es cuando escucho un grito, una queja, un alarido. Me doy la vuelta y veo al tipejo agarrándose la pierna de dolor delante de un pivote ancho de hierro. Que el universo me perdone, pero lo que pensé fue: “Que te den”. Y la escena vuelve a sorprenderme: la mujer lo mira sin inmutarse, se coloca las gafas de sol y como si no fuera con ella, se aleja dejando al tipo mal trecho allí tirado.

¿Se imaginan todo lo que pasó por mi cabeza en ese momento?: “Esta mujer es una extraterrestre que aterrizó por aquí para darle al tipo su merecido”. Pues no. No era eso precisamente. Le di vueltas al asunto y llegué a la conclusión de que esas dos personas venían a recordarme algo, quizás traían a mi presente un pasado sin resolver. ¿Quién, que yo recuerde, no se alteraba por nada? Y, ¿quién se alteraba por todo? Evidente que eso me queda pendiente de analizar, de otro modo, la escena  habría brillado por su ausencia.

¡Qué interesante! Seguiré indagando… (en mí).

 

lunes, 16 de mayo de 2022

¡¡EL TALLEEEEER!!

 

¡¡LLEGÓ EL DÍA!!

¿Nada? ¡NADA!

 

Hemos concluido con éxito el «III Taller de Escritura Positiva. Comunicación Consciente», y eso que me levanté afónica, sin voz, nada de nada… Sí, lo sé: la falta de alineación entre lo que siento, lo que digo y lo que hago; lo que tengo que expresar y me dejo dentro; las situaciones que me superan y las aguanto… En fin, le dije al Universo que yo el taller lo daría, sí o sí, aunque fuera con lenguaje de signos o contratando a un malabarista (soy testaruda, constante y responsable). Pero como se acercaba la hora y seguía sin voz, se me ocurrió algo:



    YO CON CARA DE: 
SE ACERCA LA HORA DEL TALLER Y LA VOZ SIN LLEGAR

«Verás, Universo, si esta afonía es para que aprenda, te doy las gracias y prometo mirármelo, pero déjame dar el taller (llevo mucho preparándolo, levantándome temprano, gastos de material, tiempo, trabajo…) luego seguimos con el aprendizaje a ver si doy con la tecla. ¿Te parece?...».

 El Universo es de pocas palabras, se le dan mejor los hechos. De manera que confié, agarré mi carrito con las carpetas, piedrecitas de colores, diplomas, regalos, galletitas, manteles, pirámide, incienso… y todo el material pertinente, y me fui para el taller (con la ayuda Merche, artista y conductora de lujo que me llevó en su coche).



AQUÍ CON MERCHE 
en su espacio artístico


  Las diez menos cinco, del sábado 14 de mayo, 2022. Probando: ¡¡¡Laaaa!!!! ¡¡¡Dooooo!!! ¡¡¡Reeeee!!! ¿Nada?... NADA. Ni un hilo de voz.

         Llega la gente y me acerco a recibir:

─Hola, ¿tú eres?... Pues toma asiento donde quieras. Encantada.

─Pasa, pasa. ¿Tu nombre? Adelante…

─¿Qué tal? Buenos días, aquí tenéis sitio…

            El espacio que nos cedió Merche es un sitio especial. Nos acomodamos entre muchas de sus obras: cerámicas, azulejos, pinturas… y todo tipo de arte. La luz se colaba por la cristalera impregnando la estancia de una atmósfera mágica; me recordó las pinturas de Vermeer, donde la luz adquiere un color de alquimia, como el que se aprecia en su cuadro: “La lechera”.






¿¿¿EHHHH??? Pero si tengo voz.

De pronto, me di cuenta de que estaba recibiendo a la gente, de que podía hablar, de que había vuelto la voz (aguardentosa, pero voz, que era lo importante). ¡Perfecto!, el pacto en marcha, nunca lo dudé…

La palabra me acompañó las tres horas que duró el taller. Aprendimos, nos reímos, debatimos y compartimos unas horas de lujo donde la energía allí concentrada formó una especie de burbuja luminosa que nos envolvió por completo (al final, se nos hizo corto y queríamos continuar, je, je).







La ganadora del regalo sorpresa fue Olga López, con su “glándula pineal” a tope de activación, porque antes de que saliera el número premiado, intuyó que la muñeca, el libro y las florecitas del sorteo serían para ella. ¡¡Enhorabuena!!, Olga.



OLGA recibiendo su diploma.

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MÁS FOTOOOOOS









POR CIERTO: Contamos con un invitado sorpresa, Rafael, que, con su presencia, contribuyó a que todo estuviera en equilibrio, a que el taller fluyera y a que la energía se moviera a nuestro favor. Y es que, además de las hadas, también existen los duendes (guiño al canto). 

Nos hicimos fotos: de grupo, individuales,  con diploma, en el jardín, en la puerta, en el baño (broma, ji, ji). 




   



 










Foto de grupo, aplausos...


Antes de que la carroza se convirtiera en calabaza y los cocheros, en ratones, la voz recogió su vestido de fiesta y salió pitando de mi garganta, escaleras abajo, perdiendo su zapatito de cristal en la huida.

 ¿Nada de voz? ¡¡NADA!!

YA EN CASA: Gárgaras con limón y miel; con própolis; ajo, plata coloidal, la piedra lapislázuli en la garganta, más gárgaras, vapores, sopitas, pócimas…, pero vamos, hasta que me trabaje el motivo que me llevó a la ronquera y me calce el zapatito de cristal, esto no se va. Universo, por fa, échame una mano, prima.




REMEDIOS CASEROS PARA LA AFONÍA  MIENTRAS TRABAJAS LO QUE TIENES QUE TRABAJAR.


¡EL ZAPATITO YA ES TUYO!





Mercedes Alfaya.

lunes, 2 de mayo de 2022

THE MOMENT

 

Ayer me encontré este sillón de cuento, bueno, mejor dicho, el sillón me encontró a mí (flechazo a primera vista). ─¡María, hazme una foto!─. Y mi amiga enseguida preparó el móvil  ¡Flasch!

Después de la instantánea, me quedé un rato ahí, acaricié texturas y disfruté del acogimiento. ¡Y fue cuando ocurrió!

 De pronto, escuche una voz que me susurraba al oído. Pensé que se trataba de un altavoz conectado al sillón o algo así. Pero no, era el propio sillón el que me hablaba. ¿Qué me dijo? Pues esto fue lo que me dijo:

«Donde estés, habrá una mirada de luz que te envuelva y te acaricie.

Donde estés, sabrás que me asomo al abismo para cuidar de ti y acompañarte.

Donde estés, recibirás el aliento y el sosiego que re­clames o necesites.

Donde estés, yo estaré contigo, pero no como un simple e imperfecto humano, sino como la divinidad que llevas dentro. Porque yo soy tú y tú eres yo. Y juntos formamos el maravilloso ser que eres».

 Igual llegas a los Estados Unidos y nos tomamos algo juntos. Puedes conectar la música que tanto nos gusta, cerrar los ojos y viajar.

https://www.youtube.com/watch?v=447yaU_4DF8&list=RD447yaU_4DF8&start_radio=1



miércoles, 27 de abril de 2022

CONCLUIDO EL SEGUNDO TALLER (y vamos a por el tercero)



SEGUNDO TALLER DE ESCRITURA POSITIVA (Comunicación Consciente)

Estoy sorprendida de como van los talleres, porque la gente es superguay, participativa y con muy buena vibración (claro, es lo que yo atraigo, je, je).




Aquí fotillos










Y vamos a por el tercero, el 14 de mayo (que también está completo, aunque te puedes anotar en lista de espera).

LA CALIDAD DE TU VIDA DEPENDERÁ DE LA CALIDAD DE TUS PENSAMIENTOS.

Mercedes Alfaya.

sábado, 23 de abril de 2022

CONCLUIMOS TALLER

 






CONCLUÍMOS EL PRIMER TALLER (y vamos a por el segundo)

El Taller de Escritura Positiva (Comunicación Consciente) en la Herboristería de Lucía resultó todo un éxito. Hubo participación, buena energía y lo pasamos de fábula. El secreto estuvo en la magia: desmontamos todo lo que se alzaba fuera de aquella burbuja tan especial que creamos en el interior de la tienda, y ya solo existíamos nosotros y el taller (luego hubo que volver a colocar las calles, las tiendas, los aparcamientos, la cotidianidad…, aunque aprendimos que la vida pesa poco, lo que pesa es pensar que pesa…).

Gracias, Lucía, por tu generosidad y por brindarnos tu espacio.

Y vamos a por el segundo taller, que será el 27 de abril, por la mañana, en la Biblioteca del Pueblo.

miércoles, 6 de abril de 2022

CON LA LENGUA DE CORBATA

 Tengo una amiga que se parte de la risa cuando hablamos y pongo ejemplos para  aclarar algo. Dice que soy muy buena con esto. También soy buena en muchas otras cosas, por ejemplo: en fabricar muñecos con calcetines, montar carteles para los talleres, cocinar croquetas de pollo con calabacín y cebolla…, y me las pinto sola con mi puntillo irónico a la hora de evitar confrontaciones con la gente.

Por ejemplo, me ocurrió que, un día, cuando me disponía a sacar el coche de un aparcamiento en plena calle, un señor se bajó de la acera y se colocó detrás del vehículo para cruzar. Evidente que está invadiendo terreno que no le corresponde, además de que yo estaba echando marcha atrás con el coche para salir del aparcamiento y él no tendría que estar ahí.

De pronto, escucho unos golpes en la chapa del coche y al hombre gritar: ─¡Tía! ¿A ti dónde te han dado el carné de conducir?

En la arcaica densidad, donde las confrontaciones con los gilipo…(¿?) estaban a la orden del día y se actuaba desde los programas y la manera de proceder del antiguo paradigma, me hubiera cagado en sus mulas y en parte de su familia estelar (por decir algo). Pero como ya he avanzado lo mío y actualicé y desatranqué mi información “Ooooommm” (J)pues lo que hice fue esto: Abrí el cristal del coche con mucha parsimonia, lo miré con mucha tranquilidad y le dije con cara de asombro: «Perdone, pero ¿es que para llevar un coche hay que tener carné? Vaya, pues si usted no me lo dice, yo llevo 20 años con el coche y no tenía ni idea de que se necesitara un carné.

¿Qué hice? No darle fuerza, no entrar en su juego, no alimentar la confrontación y dejarle con la lengua de corbata.

¡Uy! Yo es que con el Nuevo Paradigma donde la programación se actualiza y las situaciones se liquidan con naturalidad, como si sacudieras una mosca de la nariz, es que lo bordo.

¿Ya está mi amiga Carmela tosiendo de la risa, como si la viera (J).

viernes, 1 de abril de 2022

El nuevo paradigma

 

Estoy con un video de «La caja de Pandora» donde la doctora María Dolors Obiols habla acerca del nuevo paradigma y los nuevos valores, que ya tendrían que haberse instalado entre nosotros, sustituyendo los antiguos.

Me parece muy interesante lo que dice, porque, antiguos valores como: el esfuerzo, la complejidad, la dificultad, el control… en los que antes nos apoyábamos y a los que dábamos un valor absoluto en nuestras vidas, como algo incuestionable y que no podía ser de otra manera, porque se consideraban imprescindibles para nuestro desarrollo y avance por estos lares, ahora se están sustituyendo por otros nuevos, mucho más acordes con lo que de verdad funciona. 

Y es que parecía que si algo no costaba esfuerzo, no resultaba caro, escapaba a nuestro control o no requería un trabajo arduo (con el sudor de tu frente), es que no valía.

¡PUES NO!

Aquí el nuevo paradigma con valores más acordes a nuestros tiempos, menos mentales y más proyectados con el corazón.

Valores como: La sencillez, la facilidad, la vida (opuesta al control), la simplicidad…  Esto tiene que ver con un “déjate llevar” “todo es sencillo” “confía” “no rebusques nada, todo te va a llegar si lo necesitas”…

El nuevo valor que más me ha gustado hasta ahora (llevo 28:04 minutos escuchados de 1:43:00) es el que se refiere a La Vida: la vida es opuesta al control, porque es imprevisible. Eso de programar, planificar, prever… es bastante incompatible con la vida. La vida está en un constante proceso de transformación, te sorprende, se ríe de todas tus previsiones, tus conjeturas, tus interpretaciones de lo que ocurre y de lo que va a ocurrir. Y si no, que se lo digan a los que se llevaron el aceite, el arroz, los rollos de papel higiénico y la leche de los supermercados pensando que les iba a faltar: si vivimos en la carencia, por mucho que acumulemos, siempre tendremos escasez (es lo que atraemos). Por eso, deja que la vida ocurra y cámbiate al nuevo paradigma, con los nuevos valores; ¿o te quieres quedar en tierra (J)?

Sigo escuchando a la doctora Obiols…, ya te contaré.

martes, 1 de marzo de 2022

EL PUENTE

De cómo una escena de la película Indiana Jones me ayudó a explicar lo que significa la palabra «confía».

Confiar no es esperar a que algo suceda así, “porque yo lo valgo”. Más bien tiene que ver con aquello de que, si yo doy el paso, todo lo demás me vendrá por añadidura.

Hablaba con una amiga y ella se lamentaba de que todo parecía moverse en su contra, que todo le iba mal, que nunca ocurría lo que ella deseaba. ¡Pues claro, alma de cántaro! Esto no funciona así: “Virgencita, que se solucione este problema”. ”Señor, que mi hijo vaya por buen camino”. “San Antonio, que me salga un novio”. Pero, ¿tú qué te crees que el equipo celestial está ahí, en cola, a las puertas de tu casa, con numerito de turno a ver qué se te ofrece?

─Entonces, ¿cómo lo hago? ─pregunta mi amiga con cara de víctima (que no veas lo bien que se nos da meternos en el personaje de “pobrecita de mí”).

─¿Tú has visto la película  de Indiana Jones donde, tras un montón de vicisitudes a través de túneles, pasadizos y escombreras, aparece él al borde de un precipicio donde solo queda lanzarse al vacío o esperar que lo pillen?

─No recuerdo…

─Pues apunta, guapita, que estas cosas hay que recordarlas.

─Lo haré.

─Lo haré, no. ¡Lo haces! Toma papel y lápiz, te vienes al presente y lo apuntas, que de futuros de indicativo está llena la caja de olvidos (¡Uy! Qué bien me ha quedado eso). Apunta y atiende con las orejas: Cuando Indiana Jones, huyendo de sus perseguidores, apareció al borde de aquel abismo y miró hacia abajo, lo que vio fue un acantilado al que nadie sobreviviría en su lanzamiento. De pronto, escuchó una voz (da igual que fuera en su cabeza o fuera de ella, lo que importa es el mensaje) que dijo: «Aventúrate, Indi, avanza, confía, en cuanto des el primer paso, aparecerá un puente bajo tus pies que te ayudará a cruzar al otro lado».

Indiana Jones debió pensar: «Y una mierda voy yo a dar un paso en el aire sin estar seguro de que aparecerá ese puente».

En esto que los malos ya estaban ahí, pisándole los talones, llegando al precipicio. Entonces, Indiana Jones (porque confió, o porque no le quedaban más “bebos”), cerró los ojos y echó el pie al aire. ¡Yuuuuuuuuuu!!!!¡Efectivamente! Apareció el puente y se deslizó hasta el otro lado. ¿Qué significa esto? Significa que resulta primordial que seas tú quien dé el primer paso para que todo se confabule a tu favor. Y para que tú des el primer paso, se necesita confiar. ¿Confiar en qué?... Confiar en la vida, en el Universo, en ti, en el poder creativo que llevas dentro.

Así que, ya sabes… Si quieres que algo suceda, acuérdate de Indiana Jones y da tú el primer paso (lo demás te vendrá por añadidura. Y si no ocurre así, pide la hoja celestial de reclamaciones).  

martes, 15 de febrero de 2022

ENAMÓRATE


 Ahí dice: Arroyo de la Miel Enamora.

Y yo digo: La magia está en los niños (saca el tuyo, el que llevas dentro, y enamórate de quien realmente eres; ya verás como todo se ilumina).

miércoles, 9 de febrero de 2022

SERÉ BREVE, SERÉ BREVE (dijo la saliva a la plancha


Hola, quería contaros algo. Intentaré ser breve, aunque no sé si lo conseguiré.

Ayer viví un momento especial. Bueno, mucho más que especial. Lo que ocurrió será mejor que lo cuente desde el plano terrestre, porque si lo hago desde donde yo lo sentí, igual me encierran por no cumplir con los cánones establecidos en lo cotidiano o por transgredir la forma en la se supone que ocurren las cosas en la densidad. Verán ustedes. Ayer, como casi todos los días, salí a caminar por el pueblo: hay que cuidar la salud. Cuando estaba a punto de llegar a casa (que serían las siete de la tarde) me acordé de los caramelos Malvavisco, que me encantan. Me di la vuelta hacia calle Alcalde Antonio García (junto a calle Las Flores) donde está la herboristería de Mari Pepa, que se llama «La Naturaleza». Nos saludamos, compré los caramelos y nos pusimos a charlar. 

       En fin, a lo que voy, que me enrollo como las alfombras en verano.

      Resulta que mientras hablaba con Mari Pepa de lo humano y lo divino, entra en la tienda una persona, un hombre. Saluda. Saludo. Y dice: «Te conozco. Tú eres Mercedes Alfaya». ¡Eh! ¡Ah, sí! Ya sé quién eres. Me alegré de verlo y de que se acordara de mí. Mari Pepa añade: «Es que a ti te conoce mucha gente aquí». «Eso es lo que tú dices!», contesté sonriente. Y ocurre que entra una mujer. Mari Pepa la atiende y veo que esa mujer se me queda mirando mientras sigo en conversación con la otra persona, con el hombre. Por cortesía me dirijo a ella y digo: «Perdona que te hable también a ti, ya que con tu mirada te has unido a la conversación». Y dice la mujer: «Es que yo te conozco. Tú eres Mercedes». ¡Ay! Madre. Ja, ja. Mari Pepa y yo nos moríamos de la risa. «¿No decías que no había tanta gente que te conociera?…».

            A partir de ahí, algo mágico ocurrió entre nosotros dentro de la herboristería de Mari Pepa. Allí se formó una especie de burbuja que nos aisló del exterior y nos sumergió en una conversación en la que no contaba ni el tiempo ni el espacio, y en la que lo cotidiano y lo divino pasaron a un segundo plano, porque estábamos muy por encima de todo eso.

       Conversando nos dimos cuenta de que conectábamos y sintonizábamos entre nosotros de una manera sorprendente. Escuchábamos al otro como si fuéramos nosotros mismos. Lo que le ocurría nos llevaba a recordar algo que también nos había ocurrido a nosotros. Hablábamos y, a la vez, tomábamos consciencia de que era a nosotros mismos a quien le hablábamos. Resolvimos cuestiones y otras tantas a las que, hasta ese momento, ni siquiera le habíamos prestado atención en nuestra vida. Escenas, señales, matices que, a no ser porque aparecían ahora en nosotros o en el otro, nos habrían pasado desapercibidos. 

     Incluso, en nuestra memoria, surgían historias acontecidas con familiares y amigos haciéndonos caer en la cuenta de lo mucho que aportaron a nuestra vida desde lo negativo de su actitud. Nos dimos cuenta del gran trabajo con el que nos tocaba lidiar y del que no hubiéramos sido conscientes si no fuera por la presencia de estas personas, a las que, de manera ignorante, culpábamos de nuestro sufrimiento o malestar; cuando tendríamos que haberlas considerado verdaderos maestros para nuestro aprendizaje.              Afloraron en nosotros escenas de vida incomprensibles en las que nos vimos abocados sin razón y que, ahora, en ese instante, comprendíamos el porqué estuvieron ahí. En ese momento, el otro era yo, yo era el otro, su historia era mi historia, y la mía suya. Todos éramos nosotros y ellos al mismo tiempo. ¡Increíble experiencia!

      Ajena a nuestra especie de burbuja de tiempo, tras los cristales, la tarde se desvanecía sin que nosotros tuviéramos consciencia de nada que no fuera ese pequeño espacio que habíamos creado juntos y en el que nos movíamos ingrávidos, casi flotando.  Llegamos a la conclusión de que algo muy fuerte nos había reunido esa tarde en la herboristería de Mari Pepa como una señal de que no estamos solos, de que el otro también soy yo, con los mismos miedos, las mismas heridas, las mismas incertidumbres y certezas…, y de que somos capaces de algo tan potente como pararlo todo en un instante y que aparezca lo que necesitamos: como la presencia de otras personas en sintonía con nosotros y un espacio genuino y especial (como la herboristería de Mari Pepa) donde establecer la comunicación que nos llevará a nuestro interior, que es el sitio donde se encuentra la salida al atasco.

     Y fue que, entre todos, relatamos experiencias sorprendentes y curiosas que nos habían ocurrido y que prometí recoger en a libro (mi nuevo proyecto), junto con todos los testimonios de experiencias sorprendentes y curiosas que (a partir de hoy)  la gente me quiera contar.

     Añadir solo la parte más surrealista y mágica de todo esto. Lo explico así: Mientras nosotros seguíamos con nuestra charla, ajenos a lo que ocurría tras los cristales de la tienda, la tarde se fue desperezando. Cerraron la panadería de enfrente, el bar de la esquina y la lotería. Disminuyó el fluir de los coches y de los transeúntes con prisas. La calle se volvía solitaria,  silenciosa. Sin embargo, una luz se mantenía encendida por encima de todo eso: la luz de la herboristería de Mari Pepa con nosotros dentro.

       Cuando nos dimos cuenta, el reloj marcaba más de las doce de la noche. ¿Y qué?

     Salimos para que Mari Pepa pudiera cerrar la tienda y lo único despierto en aquel momento eran las cándidas farolas de la calle. Nos abrigamos, aunque no nos fuimos. Continuábamos la conversación delante de la persiana adormecida de la tienda. No sé si fue verdad o imaginación, pero juraría que vi cómo bostezaba la papelera de la esquina. Seguimos conversando (bajito) como si algo mucho más fuerte que nosotros nos hubiera unido en aquel espejismo donde cada uno era el otro y todos al mismo tiempo.

     Llegó la despedida.

    No hubo testigos (ya no quedaba nadie en las calles), prometimos trabajar en todo lo que habíamos aprendido. Mari Pepa me alargó a casa en su coche y yo le dije que su herboristería era mágica y que toda persona que atravesara sus puertas en adelante recibiría el regalo de sentirse especial. Que así sea.

Cuando entré en casa el reloj marcaba la una de la madrugada. ¿Y qué?

martes, 21 de diciembre de 2021

A VER SI LO PILLAS


No puedo hablar. Quiero decir que estoy afónica, con tos.

Existen dos maneras de interpretar esto. Una es hacerlo desde fuera de mí, tipo: he cogido frío, se fue la tarde y me pilló con el chaquetón en casa, hay mucha humedad… y todas las “excusas” que se me ocurran.

            La otra opción es recurrir a mi interior y averiguar qué es lo que no me atreví a decir, lo que me sentó como un jarro de agua fría, lo que no expresé, lo que se me quedó dentro, lo que no dije.

“””(.) –(.)”””  Esta soy yo pensando.

Ha pasado una hora y no se me ocurre nada. Solo recuerdo haber sentido frío en la calle, claro que esto no me sirve. Sigamos pensando. A ver, qué pasó ese día,  o el día anterior, o un par de días antes. ¿Qué me dejé sin decir? ¿Qué no me atreví  a poner en claro? ¡Vamos! Piensa, piensa, piensa.

“””(.) –(.)”””   Sigo pensando…

¡LO TENGO!  (Un momento, voy a estornudar: ¡AaaachisssSSS!).

El motivo de esta afonía acompañada de tos y algo de malestar se debe a una situación tonta, que, por sencilla, apenas la tuve en cuenta y fue lo que desencadenó que despertara algo no resuelto en mí. Se trata de la necesidad y el deseo de valoración y reconocimiento que se supone que arrastro desde la niñez. Claro que esto es inconsciente, porque si no lo fuera, ya lo habría resuelto.

Lo cuento:

Le regalo algo a una amiga que me parece valioso y luego veo que se lo ha pasado a su prima (por decir algo) y cuando me entero siento ¡zas! Y me lo callo. Y el cuerpo dice: ¡¡¡Nooooo! ¡Avísale!, que hable, que se queje si lo necesita». Y yo arañando la pared con la uña. Entonces el Universo dice: Pues si no te vas a quejar ¿para qué quieres la voz?  (¡pumba!, afonía al canto). A ver si lo pillas por ahí. 

Otra cosa sería que me importe un pimiento lo que mi amiga haga con el obsequio que le hice, total, yo solo tengo que mirar cuál era mi intención al regalárselo. Lo que venga después o lo que ella haga con la ofrenda ya no es cosa mía. Pero, claro, como todavía no estoy tan avanzada, viene el cuerpo y me lo muestra. Y como de pequeña, también sentía que mis cosas no tenían valor ni para papá ni para mamá (ojo, que es lo que yo sentía como niña, lo que no quiere decir que fuera así), pues la herida vuelve a sangrar cuando mi amiga no valora lo que le regalo.

Y ya solo me queda aprender la lección, curar mi garganta y dar las gracias a mi amiga por mostrarme (sin saberlo) que tengo que valorarme más. ¿Cómo? Estando más en mi interior e interesándome solo por la intención que pongo a la hora de hacer algo, sin que me importe lo que venga detrás, a ver si consigo sanar todas las heridas del pasado.

 

Mercedes Alfaya.

martes, 30 de noviembre de 2021

SURREALISTA Y DIVERTIDO


¡Buenísimo! Lo cuento porque representa la diferencia entre irritarse, pasar un mal rato, discutir con el tipo del banco o sacar las palomitas (ficticias) y disfrutar de la obra, como en el teatro.  Opté por lo segundo.

─Pase, tiene hora con uno de nuestros gestores.

No sé para qué necesité entrar en un despacho a retirar mi tarjeta de crédito nueva (tuve que anular la otra por un percance). El caso es que, de entrada, el tipo ni se dignó ofrecerme asiento. Yo solita me senté por mi cuenta. Me preguntó cuál era el motivo de mi visita y cuando le explicaba que solo quería retirar mi tarjeta nueva, entró una empleada, sin llamar ni nada y me interrumpió del tirón. Me quedé así, con la boca abierta, cara de acelga escurrida y las palabras colgando del borde de la lengua. Le comentó al hombre algo de un seguro y se fue. ¡¡Alucino, vecino!! Ni clientes ni educación ni pepinillos en vinagre. A lo suyo. Traté de retomar el tema, pero el hombre ya ni me escuchó. Se levantó y salió del despacho sin más explicaciones. Y me volví a quedar con el labio colgando y con cara de “Beta vulgaris” que es el nombre científico de las acelgas. Aproveché para soltar una carcajada y echarme palomitas a la boca; esta obra promete, me dije.

            El hombre volvió con mi tarjeta, que ya la podría yo haber recogido en el mostrador, pero, claro, me habría perdido la comedia. ¡Qué va! ¡Qué va! Si es que no tenía desperdicio.

Le indiqué que me revisara, por favor, las comisiones que me cobraban, demasiado altas. El tipo se encrespó  y dijo que, si no me parecía bien, que me cambiara de banco. Solté otra carcajada. Le dije que eso era muy bueno, que ni se me había ocurrido. Traté de explicarle que… No me dejó hablar. Era evidente que habitábamos ondas distintas, aunque no me importaba en absoluto. Así, del tirón, me entregó 65 folios (de papel reciclado, eso sí) y un bolígrafo con el nombre del banco para que firmara que estaba de acuerdo en todo y también que me entregaba mi tarjeta nueva. Ahí es cuando ya me destornillé de la risa.

─Perdone,  ¿usted quiere que firme esto sin leerlo?

─Si quiere, lo puede leer antes, pero, vamos, no es nada nuevo.

─¡Ay, madre! Surrealista y divertido ─dije sin parar de reír─. No se preocupe, me tomaré unos días libres esta semana con la exclusividad de leerme las 65 páginas que me entrega. Si veo que algo no me queda claro, ya pido cita otra vez con usted y me lo aclara, total, como también tengo que venir a poner la hoja de reclamaciones (y saqué la mano abierta libre de guante para despedirme).

Y es que, a poco que uno tome asiento en “el patio”, se lo pasa bomba, porque todo está de circo. Desde luego, tramitaré el cambio de banco, aunque, si quieren que me quede, será con una condición: que el tipo este me haga MÁS la pelota, al estilo “Pretty Woman”, pero vestido de Aladín. ¿Mosquearme yo? ¡Qué va! Ocuparme, en vez de preocuparme. Y pasarlo bien.  Por cierto, vaya pulserita chula la del tipo del banco, cuero trenzado con broche de acero (Viceroy) y en la muñeca derecha, la de manejar el ratón, que se vea bien. ¡Me encantó!

martes, 23 de noviembre de 2021

Historias de azúcar


 ¿Por qué dejé a mi novio? Muy sencillo: me impedía hacer las cosas que me gustan. Por ejemplo, ponerme bizca delante de los escaparates con dulces, o fingir un desmayo al cruzarme con un chico cañón. Tampoco tenía paciencia para la cola de las castañas, incluso tosía con el humo. ¡Pero si el humo del puesto de las castañas es de cuento! Qué tío tan raro. Así no se puede. 

Mis amigas dicen que estar sin novio es como si te faltara el bolso. Vaya chorrada. Comparar un novio con un bolso ya dice mucho de las personas. Tendré que prescindir también de mis amigas, no van conmigo. ¡Pues te quedarás sola! ¿Quién dice eso? A ver, defíneme quedarse «sola». Conozco a multitud de gente que vive rodeada de amistades, hijos, primos, hermanos, compañeros de trabajo…, y van y le dicen a su psiquiatra que se sienten solos. Desde luego, ahí lo han clavado: no es lo mismo «estar» que «sentirse». Además, ¿para qué quiero yo un montón de gente a mi alrededor si, cuando estoy en mi onda, ponen cara de haber chupado un limón o apretarles el zapato. Que no, que no. Que ya salí de las faldas del mundo para que ahora me quieran encorsetar en una relación tóxica. Defino lo que significa para mí una relación tóxica: «Cariño, ¿por qué tardas tanto en la peluquería? Es más, ¿por qué en lugar de ir a la peluquería no te peinas en casa? Incluso, no hace falta que te peines, a mí me gustas así». ¡Socorroooo! Se me ha colado una cucaracha en la cocina. Eso es porque tienes baja vibración. ¿Baja vibración?, pues como no me conecte a la plancha, lo demás lo tengo todo por las nubes (mi recibo de la luz da buena fe de ello).

Para tener una buena vibración lo primero y principal es creer en ti y tratar de borrar todos los programas infectados que te implantaron en esta vida. Después, que no te importe lo más mínimo si te tachan de insensata, negacionista, rebelde, ida, loca o pepinillos en vinagre. Tampoco te importe que tu vida comience a limpiarse a nivel material, emocional, incluso personal: mucha gente se irá de tu lado porque ya no vibran contigo; ni tú con ellos. Y esta bien, todo está bien, esa es otra de las cualidades de alta vibración, que todo te parece perfectamente perfecto. En fin, que no me extiendo más porque me voy a preparar unos caracoles en salsa, que a mucha gente le da pena hervirlos y ver cómo a los pobres les asoman los cuernecillos desesperados. A mí, me encanta ser yo, la soledad de los números primos y soltar el victimismo caracolero.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Volvemos a casa

     Ahora son las Pléyades las que nos guían. Las enanas marrones van delante, las blancas se entretienen contemplándose en los escaparates de la ciudad: "Tengo que ir a la peluquería, este rizo no se sostiene como debiera". Hay humanos por todas partes, algunos necesitan pilas nuevas y no lo saben.

    Entramos en un restaurante vacío. El camarero deja caer la bandeja mientras descuelga el labio inferior; un gesto muy terrícola que viene a decir: "Eh, ¿qué es esto?". Ocupamos la parte del fondo, junto a la cristalera. La mañana es poliédrica, la tarde no sabemos: siempre llega tarde.

    El cúmulo tiene unos 12 años luz de diámetro y contiene un total aproximado de 500 estrellas: no cabemos todos. El camarero, ya recuperado de su aparente estupidez, nos indica que va a juntar las mesas. Las arrastra y el sonido contamina el ambiente; los humanos son así de primitivos. Unos restregones con el trapo y la madera nos deslumbra.

    Nos distribuimos por orden de magnitud de brillo: Alcyone 2´87, Atlas 3´63, Electra 3´7, Maia 3´87, Merope 4´18, Taygete 4´3, Pleione 5´09, Celaeno 5´46, Tau 18 5´64, Asteropel 5´76, AsteropeII 6´43

    ¡Ahora sí!

        -¿Qué van a tomar?

          -El mando. -

        -¿Qué mando?

        -El que nos corresponde.

    El hombre nos regala una sonrisa ingenua. Sus dientes amarillos hacen juego con su corbata marrón. Electra nos guiña un ojo: los humanos no entienden de qué va esto. Mejor seguir el juego:

       -Ponga unas cervezas.

    Merope al mando: ¿Estamos todos?... No. Pues da lo mismo, a estas alturas yo no espero a nadie. ¡Volvemos a casa!

    (Y allí, en un rincón del bar, se quedan las mesas, las botellas de cerveza y un polvillo blanco suspendido en el aire. "¡Se fueron sin pagar!", piensa el camarero, mientras se rasca la nuca sin entender que todo es un juego).